De creer y otros amores

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Escuché una voz de hombre que susurraba mi nombre, o al menos eso creí porque estaba sola en casa.

Siempre me ha costado abandonar los brazos de Morfeo, así que antes de conseguir abrir los ojos el resto de mis sentidos analizaron la situación. Desde el lateral derecho me llegaba el suave rumor de las olas, el Cantábrico dormía plácidamente y una ligera brisa de verano batía mis pestañas como diciéndoles -¡venga perezosas, despertad! Me quedé unos segundos disfrutando de la sonoridad del silencio y dejando que el aire siguiera jugando como un niño pequeño que trata de despertar a su madre.

De repente recordé la voz, me resultaba familiar pero en ese momento de tránsito entre el mundo onírico y el despertar era incapaz de ubicarla, o tal vez pensaba que mi oído me estaba engañando.

Cuando por fin mi cerebro fue capaz de dar órdenes a todos los músculos, me levanté muy despacio. La ventana estaba abierta, cuando el tiempo lo permite me gusta dormirme viendo el mar, me relaja. Las finas cortinas blancas bailaban al son de invisibles notas musicales y al fondo, elevada y regia, la luna llena sobre la inmensidad del agua.

Descalza, me acerqué al balcón y salí a la pequeña terraza que discurría por parte de la fachada trasera de la casa. Al final lo había conseguido, mi sueño se había hecho realidad y vivía al borde del mar. La vida había sido interesante, jamás me aburrí, tampoco tuve otra opción. O tal vez sí.

Supe salir de todos las zanjas que fueron apareciendo a lo largo de mi existencia, siempre con el apoyo incondicional de mi faro en las noches más oscuras, mi niña, mis adorados ojos verdes, mi hija. Ella tampoco lo hizo nada mal, demostró lo que se es capaz de conseguir con determinación y ahora, convertida en toda una investigadora, trabaja en Bruselas y recorre medio mundo dando conferencias sobre la necesidad de la Educación Social además de colaborar activamente en la ayuda a los colectivos más desfavorecidos, sobre todo en lo concerniente a temas de desigualdad.

La casa la habíamos comprado entre las dos, como un sello de esa unión tan especial que siempre existió entre nosotras, algo que iba mucho más allá de la relación entre una madre y su hija, que sencillamente se cimentaba sobre el mayor de los amores, el respeto mutuo, la comprensión ante nuestras diferencias y una gran admiración de la una hacia la otra. Era nuestro refugio en el cual yo ejercía de guardiana y al que ella regresaba cada vez que necesita aislarse del mundo.

Salí de mis recuerdos cuando volví a escuchar mi nombre y ahora sí que estaba segura de quien era el dueño de esa voz. Como si un hilo invisible tirase de mi cabeza, la levanté hacia el cielo y el mundo de repente dejo de girar. La luna había cambiado de color, aunque brillaba aún más. Era incapaz de moverme, estaba hipnotizada ante ese tono gris que tanto me recordaba la dulce mirada de alguien. Incluso juraría que me estaba sonriendo. Pude escuchar como al fondo de mi pequeño jardín comenzaban a cantar varios pájaros, pero era imposible, aún la noche lo cubría todo. También me llegó el aroma de un cigarro recién encendido. Las lágrimas comenzaron a recorrer mis mejillas.

-Susana, baja.

No estaba loca, lo había escuchado con toda claridad pero no podía moverme ni quitar mi mirada de esa esfera gris que con tanto cariño me observaba. La brisa se tornó un poco más fuerte, aunque no tenía frío, y un rayo de luz cayó desde el cielo hasta posarse sobre mi mesa de trabajo, justo en el trozo de jardín que quedaba bajo el balcón. Me asomé y le vi. Estaba sentado fumando con parsimonia y escribiendo algo en el borrador de mi último libro, que había dejado olvidado al irme a dormir.

Se volvió y sonriendo me dijo -Te quiero. A continuación, sin dejar de sonreír se fundió con el haz de luz que estalló en miles de estrellas que se elevaron, retornando a lo que ahora era su hogar.

Por fin mi cuerpo volvió a obedecer, bajé corriendo. El césped acariciaba la planta de mis pies, como intentando sosegar mi acelerado pulso y cuando miré el borrador allí estaba, su letra, fina y levemente inclinada. Aún anegada en lágrimas y con la visión borrosa puede leer “Siempre he creído en ti”.

Con la hoja sobre mi pecho regresé a mi habitación y me volví a dormir llorando de emoción. Justo antes de caer vencida por el sueño recuerdo que le dije a la luna -yo también te quiero papá. Ella me guiñó un hermoso ojo gris.

Anoche tuve un sueño.

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“Dicebamus hesterna die”

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“Decíamos ayer…”       Fray Luis de León

Un año y cuatro días, parece una condena. Es el tiempo que ha transcurrido desde mi último post.

Demasiadas horas sin escribir para quien respira a través de los dedos, pero en ocasiones la vida nos obliga a desarrollar branquias para aprender a respirar debajo del agua.

Puede parecer extraño, o tal vez no, que un blog quede en barbecho durante doce largos meses. Decía John Lennon que la vida es aquello que te va sucediendo mientras estás ocupado haciendo otros planes. ¡Esa es la cuestión!

Puedes desarrollar un proyecto, como por ejemplo crear tu propio blog para hablar de emociones; fijar el objetivo de publicar todos los martes y desarrollar una serie de acciones que te ayuden a cumplir dicho plan. Todo ello, fácilmente controlable por ti, tu sueño convertido en realidad al llevarlo a la acción. Pero luego está la parte matemática de la vida, esa que se escapa a nuestro control, la ley de probabilidades. Y como este blog es emoción en estado puro, y todos mis escritos versan sobre la parte emocional de lo que nos ocurre o las decisiones que tomamos, hoy no va a ser menos.

¿Qué sucede cuando dejas de ser Hannibal, del Equipo A, y no puedes decir aquello de “¡Me encanta que los planes salgan bien?”. Sencillo, tienes dos opciones: desesperarte y sumar más trabas de las ya ocasionadas por ese “imprevisto” o aceptar lo que te ha tocado y buscar soluciones.

sky-2667455_640 Cuando algo que no es de nuestro agrado o no contábamos con ello nos sucede tendemos a clamar mirando al cielo ¡Señor, ¿por qué a mí?! Y yo, que siempre me he identificado con Ally McBeal, imagino una luz que surge entre las nubes y a modo de foco de teatro me cae de lleno sobre la cabeza mientras una voz grave atrona desde el cielo ¿Y por qué tú no Susana, tan especial te crees?

Al escuchar el concepto de gestión emocional, hay quien puede pensar que se trata de no ser unos histriónicos que van por la vida llorando o riendo sin control, qué también porque no resulta muy sensato explosionar de buenas a primeras. Gestión emocional es la capacidad para identificar y baremar problemas, obstáculos, inconvenientes, pedruscos en el camino o cordilleras a la vuelta de la esquina. No sumar más a lo negativo, sino ir poco a poco aproximándonos a cero, para a continuación pasar a positivo.

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Resumiendo, que se me está yendo la mano con las matemáticas, no añadamos problemas que no existen, centrémonos en lo que debemos resolver y lo demás irá sucediendo de una forma u otra cuando tenga que ser menester -aquí se me fue el lado barroco que diría alguien que conozco-.

Todo esto es lo que ha sucedido a lo largo de estos doce meses y cuatro días. Tenía cuestiones que resolver, y como un gran amigo me dijo hace unos días: “justo antes de la creación del universo, del Big Bang, todo se contrajo en un punto, para luego expandirse. Pues si ahora estás contrayéndote en ti es porque en el momento oportuno, te vas a expandir para CREAR todo lo bello que hay en ti”.

En esas estoy, dejando de contraerme e iniciando la expansión, que como dijo el gran Fray Luis de León, quien me ha inspirado este post:Estar en paz con uno mismo es el medio más seguro de comenzar a estarlo con los demás”.

De nuevo, os vuelvo a dar las gracias por leerme al otro lado de vuestras pantallas.

Yo, sin vosotros ¡no podría existir! ❤

Solidaridad, ¡qué bonito nombre tienes!

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La Real Academia Española de la Lengua Española define la solidaridad como la adhesión circunstancial a la causa o la empresa de otros.

La Sociología, ciencia que trata de la estructura y funcionamiento de las sociedades humanas, la define como la acción o principio moral con el que una sociedad hace causa común a un hecho o suceso que considera adverso. Sería una especie de conciencia colectiva que proteja la comunidad de la que hablábamos en el post anterior “Elijo ser libre” . Si recordáis, Aristóteles definía esta comunidad con cuatro características y una de ellas era la formal o sea la justicia que nace de las virtudes, de los ideales, del sistema ético moral, de la escala de valores de cada uno de nosotros y por supuesto de la colectividad. La solidaridad sería pues una de estas virtudes.

Si yo grito SOLIDARIDAD, sin falta de decir nada más casi seguro que en la mente de quien me escuche se fraguarán imágenes de catástrofes, miseria, necesidad, ONG, campañas, donaciones y casi siempre con un concepto geográfico de lejanía.

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Pixabay.com

Cierto, eso es solidaridad, compartir lo que tienes, poco o mucho, con quien nada posee. Ahora bien, yo quiero ir un poco más allá. Analizar este concepto en otra dimensión. Más emocional. ¿Qué raro Susana hablando de emociones? ¡Es lo que hay queridos míos!

 

Somos solidarios cuando entregamos el sobre del Domund en la parroquia. Cuando enviamos un SMS para alguna causa, cuando donamos en la farmacia en la hucha contra el cáncer, cuando colaboramos en la Operación Kilo de nuestro supermercado, cuando acudimos a limpiar la playa de nuestro pueblo, cuando ayudamos en la búsqueda de un desaparecido, cuando donamos médula o sangre, cuando acompañamos a un anciano en su solitaria tarde en su residencia geriátrica, cuando ayudamos a un niño sin recursos con las ecuaciones de segundo grado… Solidaridad económica o solidaridad de tiempo.

Y luego está la otra solidaridad, la emocional.

¿A cuántas personas conocéis que están pasando por un mal momento? Personas que viven un conflicto o problema para el que no tenéis ni solución ni ayuda. ¿Qué hacéis en estos casos? ¡Exacto, brindarles vuestro apoyo, darles vuestro cariño!

¡Solidaridad emocional!

Tenemos cierta tendencia a quedarnos siempre en lo material. Evaluamos o etiquetamos la felicidad en relación al concepto de bienes materiales que el otro posee. Rico igual a feliz, pobre igual a ¡nació estrellado! Nada más lejos de la realidad.

Yo no puedo definir la felicidad, pues entiendo que es personal e intransferible. Cada persona es un pequeño cosmos que se rige por sus propias reglas, entre ellas la de calificar la felicidad. Pero sí puedo constatar, que aquellos individuos de la comunidad de Aristóteles, que menos necesitan para vivir, son los más felices, ergo los bienes no son directamente proporcionales al nivel de satisfacción vital.

Vamos a decapar al hombre, a cualquiera. Macho o hembra me es indiferente. Le quitamos su casa, su coche, su móvil, su portátil, sus joyas, su ropa, los zapatos, lo dejamos desnudo y vulnerable. ¿Qué le queda? ¿Consideráis que es un desgraciado que lo ha perdido todo? Yo os contesto: depende.

Depende de su gente, de esa a la que también hacía mención al final de mi anterior post. Depende de la ola de solidaridad que se genere a su alrededor. Este hombre, antes rico, muy rico, archimillonario. Ahora que carece de todo, solos su piel y él frente al mundo ¿tiene familia?, ¿amigos?, ¿conocidos?

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Propiedad de Susana Álvarez

 

 ¿Entendéis por dónde voy? ¿De qué te sirve lo material si todo a tu alrededor está fundamentado en su existencia? ¿Quién es el más rico del cementerio? ¿Aquél que tiene la lápida más lujosa? ¿O quizás el humilde anciano que ni su nombre tiene grabado sobre el mármol porque costaba demasiado, pero con flores frescas, una esposa que lo echa de menos y besa sus fríos restos, la hija que acude a hablar con él? ¡En serio, ¿quién es archimillonario en el cielo de los justos?!

Cuando nada tienes, cuando los problemas se han puesto de acuerdo para tomar el té de las cinco contigo, cuando las piedras del camino cobran vida y se colocan delante de tu puerta, cuando parece que el Universo se ha conjurado en tu contra es cuando cobra mayor importancia la bendita solidaridad emocional. Esa corriente de energía en la que tu comunidad hace frente común ante la injusticia de la vida y te arropa.

Solidaridad emocional es un abrazo, una sonrisa, un estoy aquí no estás solo. Solidaridad emocional es cabrearse contigo, confabular a tu lado para salir juntos de este escollo. Solidaridad emocional es estar con la antena parabólica puesta las veinticuatro horas del día y enviarle un mensaje a quien ni siquiera has desvirtualizado aún y ofrecerle información que le ayude en su problema. Solidaridad emocional es darte un contacto. Solidaridad emocional es creer en ti. Solidaridad emocional es ofrecerte para acompañar a tu prima y no dejarla sola. Solidaridad emocional es llamar a tu hermana si estás lejos geográficamente. Solidaridad emocional es ese correo de tu amiga al otro lado del charco. Solidaridad emocional es la ocasión de demostrar que tus palabras en el pasado no se quedan en eso, en meras consonantes y vocales tan mal hilvanadas que la primera borrasca se las lleva. Solidaridad emocional es no dar por hecho que tener un problema te convierte en un ser hundido. Solidaridad emocional no es caridad mal entendida. Solidaridad emocional es SER Y ESTAR.

Ser rico y feliz es poseer la capacidad de generar solidaridad emocional a tu alrededor. El cuerpo se nutre a base de alimentos, pero de esos me encargo yo. El alma se nutre de amor ¿qué tal si tu me provees de él?

Una vez más muchas gracias por estar al otro lado de vuestras pantallas.

Yo, sin vosotros no podría existir

¡Elijo ser libre!

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“Prefiero morir de pie a vivir arrodillado” Esta frase, acuñada bajo la figura del Che Guevara en multitud de productos de lo que ahora se denomina “merchandising”, que para los admiradores de la lengua de Cervantes no es otra cosa que publicidad, fue pronunciada anteriormente por Dolores Ibárruri, “La Pasionaria”, presidenta del Partido Comunista, en sus discursos durante la Guerra Civil española. Pero antes que ella, ya lo había hecho Emiliano Zapata, uno de los líderes de la Revolución Mexicana.

Y sigo con frases, también de Emiliano Zapata.

“Quiero morir siendo esclavo de los principios, no de los hombres” o esta “El que quiera ser águila que vuele, el que quiera ser gusano que se arrastre pero que no grite cuando lo pisen”.

Todos en la vida tenemos libertad de decisión. Otra cuestión muy distinta es optar por la más adecuada. ¿Y cuál es la decisión adecuada? ¡Ahí está la dificultad! Depende de tu escala de valores.

Parece pues que hoy hablamos de libertades. ¿Tiene límites la libertad? ¿Tiene interpretaciones? ¿Quién decide la línea divisoria entre lo que es libertad o libertinaje?

A grandes rasgos, yo os diría que el bien común es la máxima autoridad en esta materia.

Según Aristóteles el hombre es un animal político, en tanto en cuando necesita de los otros. Es un ser imperfecto que busca la comunidad para sentirse completo. Nos introducimos pues en el concepto del hombre social, en el concepto global y aglutinador de la comunidad. Continuando con Aristóteles, define las cuatro características de una comunidad:

  1. Causa material: pueblos, hogares…
  2. Causa formal: sistema que ordena la relación entre las partes que conforman una comunidad.
  3. Causa eficiente: referida al propio desarrollo natural de la comunidad, como ser vivo que es.
  4. Causa final: propósito último de la comunidad, que no es otro que alcanzar el bien soberano, o sea la felicidad.

 

 

 

 

Si nos vamos a la causa formal, no es complicado interpretar que ese sistema no es otro que la justicia. Y según la filosofía aristotélica para llegar a la justicia debemos poseer virtudes, a las que define como “hábitos que nos permiten actuar en la vida eligiendo”.

Con este breve recorrido histórico quiero demostraros que una de las características del ser humano es la búsqueda del bien. De lo correcto. De la justicia. Pero, ¿qué ocurre cuando parte de la sociedad se corrompe? Si como comunidad que somos  prevalece el bien particular sobre el común, ¿adónde nos dirigimos cuando obviamos cualquier tipo de ética o moralidad y salvamos nuestro propio culo aún a costa de ser la mano que apriete la horca del vecino?

Vivimos una situación crítica, pero no os engañéis la culpa es nuestra. Nos hemos convertido en animales ciegos y sordos. Miramos a otro lado, mientras pensamos “menos mal por ahora me he librado yo”. Bordamos los estandartes de la injusticia social a vainica doble con frases como “¿qué otra cosa puedo hacer?”.

Pues te voy a contentar, léeme bien ¡PUEDES DECIR NO!

Pero claro, tienes que ser valiente y no tener miedo a nada ni a nadie. ¿Prefieres morir de pie o vivir de rodillas? Tú eliges, ahora bien te aviso, hazte cargo de las consecuencias de dichas decisiones. ¿Quieres ser águila o gusano?

Llámame revolucionaria o lo que te venga a la cabeza, pero yo elijo morir por mis principios. Ya de morir, al menos por algo que merezca la vida.

Mi madre me decía ayer, todo lo que vuestros abuelos han luchado, toda la sangre vertida, el esfuerzo, todo lo estáis perdiendo por miedo. Susana, los humildes no tenemos dinero pero nadie nos roba la dignidad ni el orgullo

¡Esa es mi madre, sí señora!

La dignidad y el orgullo. Cuando nada tengo que perder, es lo único que me queda y mi deber como ciudadana de esta comunidad es decir NO, a las amenazas. NO, a las coacciones. NO, al maltrato. No, al acoso. NO y NO.

Quítamelo todo. Despójame de los bienes materiales. Niégame el vil metal para comer y alimentar a mi hija. Ponme en una situación precaria, en riesgo por no pagar las letras del banco. ¡Es lo único que está en tu mano hacerme, hacernos!

Queridos míos somos, sois mucho más que una cuenta corriente. Somos personas y debemos perder el miedo a defender nuestra dignidad. Sí, tenemos que comer, pero ¿de verdad vamos a vender nuestra alma a Leviatán por un mendrugo de pan?

Miraos todos al espejo, ¿qué veis? Os lo digo yo. Grandes personas, con una valía excepcional para hacer frente a las situaciones más denigrantes. Seres humanos luchadores por lo que corre sangre de todos esos fusilados y abandonados cual bestias en anónimas cunetas. Somos los nietos de esos mineros que hicieron temblar la tierra asturiana al grito de sus protestas. ¿Vamos a permitir que todo haya sido en balde?

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Fuente de la imagen

 

Fuera miedo. Sed valientes. Seamos valientes.

Esto no se soluciona torciendo el gesto, ni mirando cada uno para su propio ombligo. No olvidéis que vivimos en una comunidad, que como Aristóteles explica tiene un sistema de justicia que vela por la supervivencia de dicha comunidad. Y no hablo de la justicia del Estado, hablo de la de los hombres. De la justicia que nace de las virtudes, de los ideales, del sistema ético y moral, de la escala de valores de cada uno de nosotros.

Si todos los componentes de una comunidad, sea la que sea, tienen claro qué es justicia y qué no lo es. Si todos se niegan a entrar en el juego de la estafa. Si todos a una arriman el hombro en contra de la opresión, sin duda alguna de las tumbas de los cementerios saldrán cánticos de victoria, porque los nietos han aprendido la lección.

Tú decides. Yo ya lo he hecho y no ha sido fácil.

¿Qué has decidido Susana? Quedarme con la dignidad y el orgullo que no alimentan el cuerpo material pero sí el alma. Demostrarle a mi hija con hechos, lo que le llevo inculcando con palabras desde que nació. Recurrir a mi comunidad, contarles mi problema y mi decisión. Porque no estamos solos, Comunidad = individuos. ¡No estáis solos no lo olvidéis!

Como seres humanos tenemos muchos defectos, yo la primera. Pero una gran virtud y es la de pertenencia al grupo. Esa que moviliza a toda tu gente cuando estás en peligro. Y ellos, los tuyos, amigos, familiares y conocidos, son los que tejen rápidamente una red protectora bajo tu cuerpo para amortiguar la caída. Los que te sujetan.

No lo olvidéis, ¡NO ESTAMOS SOLOS!

Para terminar, admitir que estoy muy emocionada hoy escribiendo este post. Que va dedicado a los míos, a mi gente. Vosotros sabéis bien quienes sois, familia y amigos, todos los que me habéis demostrado tanto en tan poco tiempo. Gracias infinitas, por ser y estar.

Hoy más que nunca. Yo, sin vosotros no podría existir.

¡Socorro me han secuestrado la amígdala!

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Pixabay.com

 

Este año he decidido “crecer” a base de recomendaciones.

Cuando te marcas un objetivo, es muy importante descubrir en tu entorno, a todas aquellas personas que ya han han recorrido antes que tú ese camino y dejarte ayudar, mentorizar por ellas. En ello estoy.

Una de estas recomendaciones, fue visualizar en Youtube un video de Daniel Goleman, hablando de inteligencia emocional.

Un tema que me apasiona, pero en el que me muevo a base de conocimientos básicos e intuición.

Daniel Goleman es un psicólogo estadounidense, un referente en el campo de la inteligencia emocional. Afirma que es un error pensar que la cognición y las emociones son dos cosas totalmente separadas ya que se trata de la misma área cerebral y por tanto, una adecuada gestión emocional ayuda a mejorar nuestro aprendizaje.

En este video que comparto con vosotros, y os recomiendo encarecidamente, Daniel hace referencia a un término acuñado por él y que conocía muy superficialmente “Secuestro Amigdalar”. Se trata de un secuestro emocional, en el que tus emociones te dominan y eres incapaz de actuar racionalmente, lo que coloquialmente conocemos como perder los papeles.

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By ManosHacker (Own work) [CC BY-SA 3.0 (http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0)%5D, via Wikimedia Commons

El secuestro amigdalar no es algo extraño, todos en algún momento y en mayor o menor medida hemos experimentado estos episodios, sobre todo los niños pequeños que aún no saben gestionar adecuadamente sus emociones. El nombre deriva del hecho de que la amígdala, situada en el cerebro, es la encargada de regular nuestras emociones, o sea es nuestro termostato emocional.

Horas después de disfrutar el video veo en Facebook que una amiga, caracterizada primero por poseer una gran capacidad de comunicación y segundo por un enorme sentido de la justicia, lo que la lleva a no emitir juicios sobre nada ni nadie tan sólo a dar su opinión, ha provocado el secuestro amigdalar de algunos de sus contactos. Ella se ciñó a compartir una fotografía y dar su opinión sobre la imagen. La respuesta no se hizo esperar, algunas personas no coincidieron con ella y así se lo hicieron saber, pero desde el más absoluto respeto, porque una de las mayores grandezas que posee el ser humano es la capacidad para confrontar opiniones, sin que nadie se pueda llegar a sentir molesto y así enriquecernos todos un poco más. Ahora bien, dicha grandeza se puede tornar en miseria. Y esto es lo que ocurrió con aquellos que no supieron leer, o no entendieron el mensaje.

Mi amiga, se sintió mal. Pensó que había sido culpa suya, quizá no se había expresado bien, no había sido capaz de transmitir su mensaje. Por supuesto, nada más lejos de la realidad querida mía.

El video más lo que os acabo de contar, me llevó a meditar sobre la comunicación y las redes sociales, porque me di cuenta que estas son las que a mí me provocan un mayor número de secuestros.

Lo ocurrido a mi amiga, no es un caso infrecuente. Todo lo contrario, se está convirtiendo en un hecho que se repite con demasiada asiduidad. Comentarios fuera de tono, incluso groseros de personas con las que te une una relación estrecha, bien sea en la distancia virtual o en el cara a cara diario.

 

En la gran telaraña mundial existen los Trolls, que son aquellas personas que usan el anonimato para publicar y difundir mensajes irritantes con el único fin de molestar. Pero yo, si me lo permitís, me quiero centrar en aquellos que para nosotros tienen nombre, apellidos y rostro.

Comienzo con mis eternas pregunta: ¿tan difícil resulta opinar sin insultar o herir? ¿Tan complicado resulta defender tu postura sin despreciar la del contrario?

La comunicación en las redes tiene un hándicap, algo que hoy comentaba con otro gran amigo, Héctor Trinidad, autor de Cambia para Cambiar el Mundo y experto en Comunicación. Me explicaba -cito textualmente- “El 85% de la comunicación es no verbal, solo el 15% es qué dices y ese 85% cómo lo dices, y en el cómo interviene todo: la mirada, la sonrisa, el tono, la postura. Por eso la comunicación sin interacción física debe ser muy estudiada, para que no haya interpretaciones erróneas“. Es decir, nos falta ver a la otra persona y de ahí que a veces todo se pueda mal interpretar.

Ahora bien, esto jamás debe ser una excusa. La compostura y la educación no conocen de distancias ni medios.

En el proceso de comunicación intervienen varios componentes:

 

  • Emisor, persona que emite el mensaje

  • Receptor, persona que lo recibe

  • Mensaje, información o idea que se transmite

  • Canal, medio por el que se envía el mensaje (redes sociales en este caso)

  • Código, signos que se usan para crear el mensaje (escrito)

  • Contexto, situación en la que se produce el mensaje

 

Si uno de ellos falla, el mensaje se desvirtúa. Puedo no explicarme bien o también podría suceder que tú no me entiendas por muchos motivos: porque el canal no sea el adecuado, el código ininteligible o el contexto inadecuado. Pero lo que no pueden fallar nunca son las normas de convivencia. Me parece intolerable, y así os lo digo, que porque alguien no esté de acuerdo con otra persona el ataque sea la respuesta. ¡Inaceptable!

Es todo tan sencillo como comunicarse en base a un respeto absoluto. Oye Susana no estoy de acuerdo con lo que dices, yo lo veo así y asá, ¿qué te parece? Puede incluso que tenga una postura irreconciliable con otra persona a la que admiro e incluso quiero y eso no es impedimento para que sigamos respetándonos y admirándonos mutuamente.

¿Qué hacer si te secuestran la amígdala y no tienes dinero para el rescate?

Así entre nosotros, ahora que estamos cómodos hablando, yo no sé qué dirán los expertos pero sí lo que hago yo.

En alguna que otra ocasión, para qué vamos a engañarnos nadie es perfecto y yo la Reina de la Imperfección, sacar los pies del texto y dejarme llevar ¡¿Verdad querida hija mía?! En otras, hacer uso de mi gestión emocional y tratar de averiguar qué es lo que ha provocado mi arrebato emocional, ser consciente de qué es lo que realmente me molesta, aunque yo esté en el centro de esa consciencia, pues en ocasiones nuestra personalidad, creencias, experiencias vividas nos puede jugar una mala pasada y mal interpretar los mensaje.

Descubrir qué es lo que me ha herido, si es algo que me concierne exclusivamente a mí, o sí  por el contrario es algo sobre lo que yo no tengo control como por ejemplo, tal y como os dije antes, los malos modos o las incongruencias en las actuaciones -otro gran secuestrador de mi amígdala-, es decir aquellas personas que no se corresponde el mensaje que difunden con lo que a ti te muestran o han mostrado.

Todo lo que provenga de nuestra persona hemos de ponerle remedio, aceptar que no somos perfectos y tratar de limar esas aristas, que al fin y al cabo a los que arañan es a nosotros mismos.

La otra posibilidad, la ajena a nosotros, también tenemos capacidad para atajarla. No vamos a negar que existen hechos o situaciones sobre los que no tenemos control, pero sí sobre la forma en que nos afecten. Y aquí entono un gran mea culpa. Hay personas que nos decepcionan pero ¿y si nuestras expectativas eran erradas? ¿Qué ganamos con dejarnos secuestrar? ¿No será mejor asumir la realidad y seguir adelante?

Y a vosotros, ¿quién o qué os secuestra la amígdala?

De nuevo os doy las gracias por estar al otro lado de vuestras pantallas. Sin vosotros yo, no podría existir.

El antipost navideño

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Queridos anónimos míos que estáis al otro lado de vuestras pantallas, os aviso antes de que sigáis leyendo, para que podáis tomar la decisión de continuar o darle arriba a la derecha a la cruz y cerrar, que este es un post insulínico que pretende controlar la dosis de azúcar en sangre en estas fechas.

Sin que sirva de justificación pues tan sólo es una aclaración, os diré que todos los artículos que he leído de mis blogs amigos sobre estas fechas, me han gustado. Disfruto con el buen contenido y la diversidad de opiniones es lo más enriquecedor que puede existir en este almibarado mundo nuestro. Cada cual tiene su opinión, experiencias y vivencias y ahí radica la sal de la vida. Dulce/salado, ¡magnífica dicotomía!

No obstante, los Gremlins Navideños también queremos hacernos oír.

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Vamos por partes: ¿Me gusta la Navidad? ¡Sí! ¿Qué Navidad? La que mezcla tradición religiosa -sea la que sea, católica, protestante, ortodoxa…- con celebración familiar. La Navidad que incluso celebran los no creyentes pero se convierte en un festejo de convivencia. Sin más ambición. Seguro que más de uno ya ve por donde voy.

¿Qué es lo que no me gusta? No me gusta la mercadotecnia, el consumismo desmedido, el postureo, el esnobismo, la competición por la mesa mejor decorada, la falsedad, las mascaradas, sonreír a quien no soportas, el aumento de los precios en alimentación porque hay que comer hasta reventar, las reuniones que no te apetecen, tener que ser feliz por definición, las listas de buenos propósitos que casi nadie cumple, las tradiciones importadas, tener que regalar en Nochebuena porque todo el mundo lo hace, dejar la visa echando humo, los maratones de solidaridad y esa rancia sensación de bienestar con sonrisas taladradas y ojos inyectados en sangre del esfuerzo de aparentar.

Estos días, una de mis amigas de Facebook compartía el siguiente estado: ¡Ya ha pasado la Navidad! Ya podéis volver a ser los de siempre. ¡Más razón que una santa que diría mi madre!

Me estoy haciendo mayor, es evidente, lógico y normal y no voy a recurrir a la manida frase de cualquier tiempo pasado fue mejor. No clamaré suplicante con las manos elevadas al cielo por mi infancia, ni tan siquiera por la de mi hija. No lo voy a hacer, tranquilos. Pero os pregunto ¿en qué momento se nos fue esto de las manos? ¿Cuándo convertimos unos días de recogimiento -en el amplio sentido de la palabra, no sólo en el religioso- en un carnaval veneciano?

Sigo preguntando ¿el resto del año no hay que ser buenos, solidarios, humanos y felices? ¿No vamos a volver a comer en una temporada, somos camellos y almacenamos durante meses los gambones a precio de oro, la merluza que del pincho no tiene ni el piercing, el cordero, el lechón, los cinco kilos de turrón, cuatro de mazapanes y tonelada y media de embutidos? ¿Por qué hay que regalar en Papá Noel -a saber quién es este abuelo- si la tradición española es de los Reyes Magos? ¿Por qué hay que comprarle al niño el juguete más grande y a precio abusivo? ¿Te va a querer más? ¿Va a ser más feliz? ¿Qué lección de vida está aprendiendo? ¿Qué pasa si el año que viene no puedes cumplir?

Sigo, que he comido después de medianoche y me he transformado.

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Y esa manía ahora de no traumatizar a los pequeños y que tarden lo máximo posible en descubrir la verdad. ¿Qué verdad? Que los Reyes no existen Susana. ¿Quién lo dijo? ¿Cómo que no existen? Yo tengo una hija de veinte años y hace unos días he recibido un “wasap” que comienza diciendo: Querida Reina Maga… ¡O sea sí existen! ¿No será que hemos perdido la capacidad de alimentar la ilusión? Lo importante no es si existen sus majestades o no. Lo importante no es la cantidad de regalos. Lo importante es el cariño y la ilusión.

Bufff encima me acabo de caer en un caldero de agua…

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Por esta regla de tres, y siguiendo con el razonamiento de algunas personas -sé que no todos están abducidos por el Corte Chino- entonces todo aquel que no tenga recursos económicos no disfruta la Navidad o incluso tal vez ni tenga derecho a ella. ¿Es eso? ¡Falso!

La ilusión no se compra. La alegría no se vende. La solidaridad no se regala.

¿Se consigue alguna bula papal siendo tan maravillosos en estas fiestas? A partir del siete de enero ¿tenemos carta blanca para ser unos patanes? Y lo de los buenos propósitos, ¿cómo funciona? Tú te comes la última uva -y ojo no me confundan ustedes los cuartos con las campanadas que la liamos- ¿y qué pasa, ya dejas de fumar, te lanzas al diccionario de inglés o haces pesas con la copa?

A ver querubines míos ¿no sería mejor bajar de revoluciones? Los objetivos que sean diarios, las recapitulaciones vitales un par de veces al año como mínimo.

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Imagen Facebook Librepensamientos

 

A tu hijo regálale tiempo y no me refiero a un Rolex. A tu mujer, novia, amigovia, novio, amigovio, amante, dale el presente de la atención, de estar y ser. A tus padres, una visita de vez en cuando o una llamada de teléfono, un día de repente se van sin avisar y quizá no vuelvas a tener la oportunidad.

 

Sé solidario todo el año. Ayuda a tu vecina, -esto va por mi vecino del quinto que nos ve a mi hija y a mi reventando subir cargadas de bolsas los cuatro pisos sin ascensor y ni se inmuta-. Saluda, da las gracias. Felicita. Reconoce el trabajo ajeno. Celebra los méritos de tus amigos. No envidies a nadie. Respeta el espacio de los demás. No saques conclusiones.

Ya me noto mejor, creo que me van pasando los efectos.

Sí, me gusta la Navidad. Unos años más que otros también es verdad. Pero quizá debamos retornar a esos tiempos en los que lo verdaderamente importante no era la impostura, sino la compostura.

Que sea un poco Gremlin, que me guste poner voz a otras versiones de la historia -o sea llevar la contraria para qué engañarnos- no es óbice para que de todo corazón os desee lo mejor para estos nuevos 365 días que tenemos delante para llenar de experiencias. Unas buenas otras no tanto e incluso algunas malas, pero necesarias.

Salud, amor y el dinero imprescindible para vivir.

Gracias por estar ahí, sin vosotros yo no podría existir  ❤

Tengo hambre de ser

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Mi relación con el coche es, como dice en algunos perfiles de las redes sociales, complicada.

Por trabajo, me paso horas al volante así que los fines de semana, como no sea una causa de fuerza mayor, me niego a conducir. Contradictoriamente, sufro momentos de éxtasis en los que una carretera solitaria, el anonimato de la noche, la música a todo trapo y mi Sandero se convierten en mi momento Mindfulness.

¡Ya está Susana con términos extraños!

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Tranquilidad, os lo explico de forma muy sencilla, con mis propias palabras y sin extenderme demasiado ya que daría para otro post. El Mindfulness es la capacidad de vivir en el presente de forma consciente, es decir, es la habitación del pánico de tu cerebro. Ese lugar inaccesible a problemas, reuniones, listas de compra, menús semanales, descubiertos en el banco, enfados, prisas y urgencias. El preciso instante en el que estás a solas contigo mismo y no existe nada más.

Voy a imitar a Sophia Petrillo, la abuela de aquella serie de televisión de la década de los ochenta “Las Chicas de Oro“. Imagina, autopista Santander dirección Oviedo. Siete y media de la tarde, noche cerrada. En el Cd suena “Bring me to Life” de Evanescence en modo bucle. Ni un coche a la vista, solos el asfalto y yo. Mente en blanco, salvo por la velocidad del coche y la presión de mi pie sobre el acelerador, no hay movimiento en el mundo que me rodea en ese instante. “Mi espíritu está durmiendo en algún lugar frío” grita a pleno pulmón el equipo de música. “No hay nada dentro, tráeme a la vida”, y justo en ese momento tengo una revelación.

Bueno… no es una revelación tal cual, en plan aparición Mariana, más bien se trata de un estado de consciencia plena y absoluta, en la que sin ningún tipo de miedo -llevo las puertas del coche con el seguro, no pueden entrar esos monstruos mentales que me frenan- me descubro a mi misma diciéndome, quiero ser.

¿Quieres ser qué? Ser y punto. Sin más.

¿Quién eres? ¿Qué eres? Parece sencillo de responder: Susana y soy comercial. ¡Pues no! Me llamo Susana y pago las facturas trabajando de comercial pero lo que hago para subsistir, en este momento de mi vida -y en todos hasta ahora, seamos sinceros- no define quién ni qué soy.

Había un anuncio de un veneno para unos bichitos molestos, que decía: las cucarachas nacen, crecen, se reproducen y mueren. Pues yo, me siento cucaracha. ¿Y vosotros qué opináis al respecto?

Vamos a analizarlo detenidamente. Vivimos en una sociedad en la que todo esta medido al milímetro. Creo que tan sólo fuimos hijos del albedrío el tiempo que pasamos en el vientre materno. ¡Y ahora ni eso porque las embarazadas viven monitorizadas y hasta se programan los partos! Fuimos niños educados bajo los dictámenes de la ley de educación de turno. Adolescentes adoctrinados y dirigidos hacia determinadas carreras. Luego vino el matrimonio, divorcio, los hijos, la hipoteca, el coche, los seguros y de repente un día soplamos cuarenta y tantas velas en una tarta.

¿En serio han pasado más de veinte años? Pero… ¿me habéis criogenizado y acabáis de sacarme del microondas verdad? Y tu hija te mira con cara de espanto mientras coge el móvil y teclea en D. Google “urgencias psiquiátricas”. ¡Venga bah, no me mintáis que estoy viendo los restos del papel de aluminio!

Pero no, no somos Walt Disney, somos unas cucarachas anestesiadas por las que ha pasado la vida.

Y en el Cd sigue sonando Evanescence: “Todo este tiempo no pude ver, escondida en la oscuridad pero tú estabas frente a mí. Parece que he estado durmiendo, tengo que abrir los ojos a todo”.

Voy llegando a Oviedo, a lo lejos veo las luces de la ciudad y me propongo comprar Raid, para matarlas bien muertas.

Conste que no estoy haciendo apología de la zona de confort ni ninguna de estas maravillas que ese coaching de bolsillo que odio, nos vende. No se trata de dejarlo todo, en plan película americana cuando meten su vida en el coche y un remolque, y con el THE END ocupando toda la pantalla te quedas pensando ¡qué bonita es la vida en las películas! Ni mucho menos. Cumplir tus sueños requiere tener los pies muy bien anclados en el suelo para que no tornen en pesadilla. Pero queridos míos que me leéis al otro lado de las pantallas, ¿qué ocurre con nuestro ser?

Tengo hambre de ser y he decidido saciarla. ¿Cómo? Con mucho cuidado, pues cuando se ha pasado un periodo muy prolongado sin alimento, corremos el riesgo de empacho. Poco a poco. El primer paso lo he dado al iniciar este blog. Toda la vida he querido escribir y mis excusas me lo impedían. Es evidente -o no- que no voy a poder alimentar a esa criatura que tiene la mala costumbre de comer todos los días, con mi blog, pero si lo voy a hacer con mi esencia, para que no fallezca por inanición.

Sigamos con nuestros quehaceres, no queda otra, pero hagamos algo por SER. Y quizá ese SER un día llegue a convertirse en el todo. Mientras tanto, intentémoslo. No importa la edad, esta no es ninguna barrera, tan sólo una pasarela al siguiente nivel.

Averigua quién y qué eres.

¿Quién?: Hola me llamo Susana y soy una tejedora de sueños cuyo objetivo en la vida es ayudar a las personas que han dejado de creer en sí mismas.

¿Qué?: Soy una motivadora, la “Loca de las emociones”. Aquella que va a conseguir que sientas y no te avergüences de ello. Tu linterna, la guía de los topos que cavan y cavan para encontrar la luz.

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Un miércoles más, gracias sin vosotros yo no podría existir. 

Fotografías: Pixabay.com

Al otro lado del espejo

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Siempre he mantenido una relación muy especial con la mujer que vive al otro lado del espejo.

Lo primero que aprendes, o al menos ese fue mi caso, cuando te estás formando como coach es la imperiosa necesidad de la introspección. O, rememorando el símil que hice para mi tesis final, convertirte en un topo que vaya excavando y desbrozando los túneles de tu interior. Descubrir el coaching no ha sido más que el inicio de un largo proceso, podría decirse que fue la pala con la que comencé a cavar. Todo me vino dado como en una cadena y fui apuntalando mis túneles.

Poco a poco vas notando la transformación hasta que un día sacas tu cabecita de topo de entre los restos de raíces arrancadas, te sacudes el polvo de los ojos, miras al cielo y gritas a pleno pulmón ¡estoy preparada!

Es evidente e innegable que como coach, si no has recorrido “camino”, si no eres caminante, mal vas a poder servir de ayuda a quien te la solicite. Si ni tan siquiera sabes dónde se enciende la luz del farolillo ¿me quieres explicar como vas a alumbrar el sendero de otros?

Y yo, que siempre tengo que ponerte entre la espada y la pared. Que parezco sobrina nieta del famoso abogado del diablo. Yo, que siempre le tengo que dar la vuelta a todas las cosas y buscarle los cien pies al gato porque sólo le cuento cuatro patas, someto a tu consideración la siguiente pregunta ¿de verdad tiene que llegar el coaching para poner en valor el autoconocimiento personal como base, como pilar fundamental de la consecución de tus objetivos?

Susana, hija mía -fía si eres asturiano- a veces me desconciertas ¿estás segura que defiendes los beneficios de este tipo de procesos? -me preguntarás-. ¡Sí, por supuesto! -te responderé-, pero determinadas cuestiones de la vida, por tan básicas, no me gusta ponerlas al servicio o someterlas a la jurisprudencia de ninguna disciplina.

Me explico.

Hasta hace dos años yo desconocía las ventajas de recurrir a un coach. Es más, como os confieso en el apartado “Un poquito de mí” renegaba de esta palabra y todo lo que conllevaba. No obstante, mi relación con la mujer al otro lado del espejo era de vital importancia para mi supervivencia. Es decir, que ignoremos determinados temas o desconozcamos determinadas disciplinas no nos exonera de nuestras responsabilidades.

Esto es como el caso con Hacienda de una conocida cantante folclórica, ya fallecida, de este país. Ella no sabía que tenía obligaciones fiscales, ¡ay amiga pero las tenías y tuviste que pagar porque el desconocimiento de la ley no exime de ella!

A lo que vamos, que me despisto.

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¿Quién habita al otro lado de tu espejo? No, no te rías ni pienses que he enloquecido. Piénsalo detenidamente. ¿Crees realmente que todas las personas se sienten identificadas con lo que les devuelve cada mañana esa superficie pulida que habita en sus aseos? Es como una especie de Retrato de Dorian Gray, el reflejo del alma que no escapa al cruel escrutinio de los ojos de la conciencia.

¿Quieres ser eternamente joven y bello como Dorian y cubrir con una tela de falsedad tu espejo para no ver la realidad? ¿O prefieres afrontar tu propia esencia y vivir acorde a ese rostro real que no se esconde tras fastuosas máscaras venecianas?

Os decía al inicio que yo siempre he mantenido una relación muy especial con la mujer del otro lado del espejo. Es una relación de amor puro y sin condiciones.

Hace muchos años que decidí aceptarme, con mis virtudes y mis defectos. Quererme, amarme y respetarme. Hace años, que ella y yo nos sonreímos todas las mañanas. Nos conocemos bien, no hay secretos entre nosotras.

Me susurra: sabes que no eres perfecta, ¿verdad? Pero no importa, tus defectos te humanizan y te dan una razón a diario para mejorar. Lo importante, querida dueña de mi imagen, es que cuando apagues la luz y me dejes sola, sientas que no me quedo encerrada entre estas cuatro paredes, sino que yo soy tú y juntas formamos una unión indivisible.

Para avanzar, para recorrer los caminos, para sortear los obstáculos, para subir cimas, bajar abismos, enfrentar tormentas y cumplir objetivos necesitamos conocernos. Esa es la base del coaching. Pero para ser consecuentes necesitamos reconocernos, esa es la base de la honestidad.

No tengas miedo de tu reflejo.

¡Gracias por estar al otro lado de vuestras pantallas! Ya sabéis que yo, sin vosotros no podría existir   ❤

Fotografías de Pixabay.com

Esos locos adorables

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Quiero que el primer post oficial de mi blog sea un homenaje a todas esas personas anónimas que un día, sin previo aviso, aparecen de repente y por un motivo u otro te ponen la vida del revés.

¡Esos locos adorables!

Mi loco tiene nombre, se llama Héctor. Nos ciberconocimos, aún no nos hemos desvirtualizado, a través de La Nueva Ruta del Empleo -en “Un poquito de mí” os explico en qué consiste este proyecto-.

Sucedió un día de verano.

Héctor, me hizo un comentario precioso en uno de mis post “ruteros” yo a su vez le hice otro. En la contrarréplica me preguntó si creía en el destino y me dijo -cita textual- ¿Sabes lo que estoy haciendo ahora? Escribiendo el último capítulo de mi libro, estaba en un momento de reflexión y… has contestado a mi comentario justo en el momento que estaba buscando las palabras para expresar lo que quería decir, y gracias a tu comentario las he encontrado, así que… que sepas que vas a salir al final del mismo. ¡Gracias!”

Pasó el tiempo y me olvidé de este tema.

El 26 de octubre, recibo un correo electrónico con el siguiente asunto: Te necesito para el Blog-Tour de mi libro: “Cambia… para cambiar el mundo”. ¡Era Héctor! Nos contaba a unos cuantos ruteros y a varios amigos suyos, que había acabado de escribir su libro y saldría a la venta el próximo 24 de noviembre. Nos pedía ayuda, quería que fuésemos sus “Ángeles” y le ayudásemos en la difusión. ¿Cómo negarse en un proyecto tan maravilloso y fuera del mundo editorial tradicional? ¿Cómo no querer formar parte de la historia de un loco adorable que afirma “Yo no quiero ganar dinero… sólo quiero cambiar el mundo”?

Y así comenzó todo.

Mi objetivo no es convenceros para que compréis ni tan siquiera leáis el libro. Mi único afán es contaros una historia, y si esta os gusta que podáis decidir si queréis conocer o no el final.

No sé en qué momento le llamé por primera vez ese “Loco adorable”. La verdad es que tengo la enorme manía de poner apodos cariñosos a las personas. Supongo que fue el destino, que tampoco tengo muy claro si creo en él o no; pero a los pocos días tuvo lugar entre nosotros la siguiente conversación por “wasap” -lo siento loco, soy una indiscreta-. La primera que habla soy yo, luego sigue él y así sucesivamente:

.- Llevo desde enero trabajando mi marca personal en las redes sociales, en mi tiempo libre.

.- Me alegro que lo hagas.

.- “Sip” tengo que ayudarte a cambiar el mundo 😉

.- Noooooooo

.- ¿Ah no?

.- No. Vamos a cambiar el mundo juntos. Es distinto.

.- Valeeeee, entendidoooooo

.- Recuerda el video del bailarín, el loco -aquí aparece el nombre con el cual yo le llamaba y le llamo y me quedé, coloquialmente hablando, muerta “morida” del todo- trata a sus seguidores como iguales.

.- Uy ese no lo vi

.- Espera que te lo mando

 

¡Y exactamente de esto se trata: ¡”Cambia, para cambiar el mundo”!

Nos envió el libro en PDF para que lo leyésemos e ir dándole nuestra opinión y, si queríamos, divulgarlo en las RRSS. Y ocurrió, que sin ponernos de acuerdo ni tan siquiera hablarlo, sus “Ángeles” decidimos ejercer de productores de televisión y colgar en nuestros perfiles sociales pequeños cebos. Es decir, compartimos frases textuales, creamos entre todos un hashtag #Cambiaparacambiarelmundo, y poco a poco una atmósfera de curiosidad cubrió a todos nuestros seguidores.

Lo más impactante, es el hecho de que personas que no se conocen, más que de leerse al otro lado de la pantalla, y alguno ni de eso, conectasen de tal forma que Héctor consiguió que todos saliésemos a bailar con él.

El Loco Adorable, tuvo una genial idea que fue regalar los tres primeros capítulos de su libro. ¿Cuántas veces compramos una obra que al final nos resultó infumable y se quedó en la estantería, triste y olvidado? ¡Magnífica oportunidad de decidir si quieres invertir o no tu dinero y de hacerlo de una forma productiva! Porque al fin y al cabo de eso se trata, de ser lo más productivos posibles y que entre todos consigamos hacer palanca y mover este mundo en otra dirección.

Llegó el gran día, ¡qué nervios!

Todo estaba listo, se difundió el enlace de la librería virtual para los amantes del papel. Y en otras tiendas online como La Casa del Libro con la opción en Ebook, para los amantes de las pantallas.

Llegados a este punto pensaréis, Susanina, no nos has dicho nada respecto al contenido del libro. ¡Muy cierto y tampoco tengo pensado hacerlo!

¿Y eso? Sencillo, si no lo considerase útil, si no me hubiera gustado, si me hubiese parecido otro vendedor de humo, si hubiese creído que se trata de otro libro más que nos da la paliza con “si no consigues lo que quieres es porque no te da la gana, vago, menea el culo que todo es muy sencillo y está a tu alcance, ser inepto” no me hubiese molestado en compartirlo en mis redes. Tampoco lo hubiera comprado. No lo recomendaría. Y mucho menos le dedicaría el primer post de mi blog.

Tengo ciertas normas en mi vida, una ética que me inculcaron mis padres y es que me niego a formar parte de ese nuevo movimiento de “postureo” surgido en el mundo 2.0. No hago ni digo nada por quedar bien. Es más, en mis escritos en ocasiones soy bastante incorrecta. Eso sí, con mucho amor, sentido del humor y educación, o al menos lo intento y pido perdón de antemano si alguna vez no lo consigo.

¿Entonces, por qué tenemos que comprar el libro?

Básicamente dos motivos muy sencillos -¡mira que me gustan a mí las cosas sin artificio-. Uno porque os haya picado la curiosidad la historia que os acabo de contar. Y dos, y más importante, porque os hayan gustado los tres primeros capítulos que os comparto al final de este post.

Voy finalizando.

Explicar que no se trata de un final sino de un seguido. Para Héctor y todo lo que le queda por recolectar como buen agricultor que es y para mí con este que va a ser mi blog definitivo.

Sólo me resta daros las gracias por leerme al otro lado de vuestras pantallas.

¡Yo, sin vosotros no podría existir!

Enlace a los tres capítulos gratis ¡Sí quiero leerlos!

Me has motivado ¡Quiero el libro!