La mujer del acantilado

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El aire juega con su pelo.

Plié, demi-plié y relevé susurra Eolo desde su trono, y como los bailarines de un coordinado ballet, los mechones sueltos se mecen al son de las corcheas, fusas y semifusas que suben por el acantilado con el batir de las olas.

La mirada más allá de la línea del horizonte. Temerosa, ansiosa y a la vez esperanzada.

A su alrededor, a cámara rápida, las estaciones se van sucediendo una tras otra. La noche y el día. Los meses. Los años. Pero ella permanece imperturbable. Tan sólo la delatan el sencillo vestido de gasa que lucha cada verano contra la brisa juguetona o el grueso abrigo tan gastado y raído como el dolor de la espera.

Cuentan que sus ojos han visto nacer varias generaciones que se pierden a diario más allá de la línea azul. Que sus oídos distinguen cada una de las sirenas del puerto. Que sus manos han tejido redes más largas que el tapiz de Penélope. Dos mujeres con un mismo destino: esperar.

Cada atardecer, sube la escarpada pendiente y otea las olas en busca de una señal. Agudiza el oído y ordena silencio a las gaviotas. Estas, en señal de respeto baten sus alas hacia el lugar donde no alcanzan a llegar sus profundos ojos, en busca de noticias.

Su historia es tan solo una más entre la de tantas mujeres esculpidas en el sufrimiento y el amor. Herederas de un destino no buscado pero jamás evitado. Niñas y mujeres del mar. Hijas, hermanas, esposas y madres de sal y espuma.

En cada acantilado hay una figura que le suplica a la inmensidad del mar: devuélvemelo.

El ciclo se repite. Al amanecer millones de pescadores en el mundo se lanzan al mar. Millones de barcos de todos los tamaños y nacionalidades surcan las aguas en busca de los mejores bancos, de las capturas de más calidad.

Al caer el sol, uno tras otro vuelven al hogar donde una mujer les sirve de guía.

Va pasando la vida y la erosión hace mella en la superficie rocosa. Aparecen nuevas marcas sobre su piel. Su pelo se vuelve gris, los ojos se nublan, la espalda se encorva.

Llega un día en el que otra mujer la sustituye en el mirador. Y mientras las estaciones sin pausa se van sucediendo, el mar juega con los hombres de salitre a su antojo.

En ocasiones, las sirenas se celan de esos ojos que todo lo observan y se lleva a sus seres queridos. Los encandilan con sus cánticos y se pierden entre los aparejos.

Mirada al frente, el pelo revuelto, las manos aferradas a su propio cuerpo. Así, con la porte erguida y digna de quien sabe lo que es el orgullo poco a poco se fue petrificando.

Nunca dejará su atalaya y los barcos harán sonar su sirena cada vez que se aproximen a puerto en señal de agradecimiento.

Ella, la mujer del acantilado. La que espera.

 

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Un monstruo llamado miedo

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Esta semana el artículo comienza con un video que me conmueve profundamente cada vez que lo visualizo y te pido por favor lo veas antes de seguir leyendo. 

 

¿Cómo te sientes? Yo con un nudo en la garganta. En tan pocos minutos remueve mi vida. Los malditos miedos que como si de la Parca se tratase atraviesan mi pecho hasta el corazón, lo estrujan e inundan de un frío mortal todo el torrente sanguíneo.

¿Existirá sobre la faz de la tierra alguien que jamás haya sentido miedo? Creo que no, sobre todo si tenemos en cuenta que es la emoción que nos ha permitido sobrevivir, la que nos mantiene alerta ante el peligro.

Hay miedos reales y miedos imaginarios.

Si nos remontamos al principio de los tiempos, esta emoción nos permitió navegar a través de la historia y llegar desde las cavernas hasta nuestros días. Al inicio podríamos hablar de miedos que ejercían de escudo y nos permitieron sobrevivir a glaciaciones, epidemias, hambrunas, animales de dimensiones descomunales… Miedos tangibles que permitieron a la civilización avanzar.

Pero, ¿en qué momento surgió el miedo intangible?

La población con problemas de ansiedad, ataques de pánico y depresión aumenta a un ritmo que produce escalofríos. No es algo que deba tomarse a broma. Si no sabes de lo que estoy hablando te felicito, y a la vez te pido respeto y comprensión para los que, por desgracia, están moviendo la cabeza afirmativamente mientras leen estas líneas.

Miedo a perder el trabajo, miedo a perder a tu pareja, miedo a denunciar una injusticia, miedo a denunciar acoso, miedo a tus compañeros de clase, miedo de tu jefe, miedo del poderoso que con su dinero te puede pisar -o eso crees tú-, miedo a pedirle a tu vecino que por favor haga menos ruido por las noches pues necesitas descansar, miedo a criar sola a tu hija y no hacerlo bien, miedo al ridículo, miedo a hablar en público, miedo a volar, miedo a los espacios cerrados, miedo a los espacios abiertos, miedo a perder tu casa, miedo a que se acabe la prestación por desempleo, miedo a no encontrar trabajo, miedo a no tener pensión el día de mañana, miedo al dolor, miedo cuando llamas a tu madre y no responde a la primera, miedo a la soledad, miedo de esta sociedad aletargada, miedo al futuro, miedo a vivir, miedo a tener miedo.

Son un ejemplo, pero muchos por no decir la gran mayoría si os detenéis a pensarlo son producto de nuestra imaginación, resultado de la anticipación de un suceso que puede que jamás suceda.

¿Por qué sentimos miedo? Yo tengo una teoría, a lo mejor algo conspiranoica, pero creo que es una herramienta más de los poderes -públicos y privados- para moldear ciudadanos que piensen y actúen lo menos posible fueron de los cánones establecidos. De ahí términos tales como por ejemplo la tan manoseada expresión “políticamente correcto”.

Ahora está de moda ser políticamente correcto. ¿Y antes qué éramos? Pues lo mismo pero lo llamábamos saber estar, educación, tolerancia y respeto. Cuando alguien se atreve a tener una opinión que se sale de esa casilla moldeada decimos que es políticamente incorrecto, cuando en realidad se trata de una persona con la capacidad de pensar y opinar. Puedes estar de acuerdo o no, esa es otra cuestión, pero siempre que se haga desde el respeto ¿por qué usar este término de forma despectiva?

Fácil, para inocular miedo. “No voy a opinar, o hacer tal cosa porque está mal visto por la sociedad pues no sigue los cánones establecidos”. ¿Establecidos por quién?

La divergencia y la capacidad de pensar es lo que permite a una sociedad crecer. ¿Qué problema hay entonces?

El maldito miedo.

Hace años ser mil eurista era símbolo de precariedad. Hoy, damos gracias si llegamos a este salario. ¿Y qué hacemos? Nada, nos callamos porque tenemos miedo, necesitamos comer y pagar las facturas.

¿Cómo salir de este círculo vicioso con principio pero sin fin? No tengo la fórmula mágica, igual que tampoco la tenía en el anterior post sobre la ira

Solo os puedo decir lo que hago yo: cogerlo por los cuernos y mirarnos cara a cara todas las mañanas. ¿Es fácil?, rotundamente no.

Nunca he ocultado que soy llorona cum laude, y uno de los motivos por los que más lo hago es precisamente para enfrentarme a mis demonios -algunos reales y otros imaginarios-. Me cuesta muchísimo pero lo hago, porque como siempre digo: es mi vida son mis decisiones.

Si dejamos el timón de nuestro barco en manos del miedo ¿creéis que llegaremos muy lejos?

No ocurre nada por admitir nuestros temores, somos humanos. Ni por verbalizarlos o pedir ayuda, para eso estamos la familia, los amigos o conocidos. Pero también está mal visto. Todo lo que no sea demostrar -pose- qué feliz soy, que guay, qué mega vida llevo es “políticamente incorrecto”.

¿Y dónde queda nuestra humanidad?

Enfrentarnos a los que nos produce pánico nos hace más fuertes. ¿Qué hubiera sido de mí aquel primer día como comercial en el que pasé media hora caminando en círculos en el portal antes de entrar en la oficina de quien sería mi primera visita, si me hubiera rendido al monstruo verde que colgando de la lámpara se mofaba de mí y me llamaba cobarde a la par que me gritaba ¡tú no sirves para esto Susanita eres demasiado tímida!

¡Pues toma ya, de un puntapié lo metí en una alcantarilla y convertí mi timidez en mi marca personal y mejor arma comercial! ¡Y van doce años de profesión!

¿Qué tal si en vez de luchar contra nuestros miedos los hacemos nuestros aliados? No, no estoy loca. Este blog trata de gestión emocional ¿no? Martes tras martes, tratamos de aprender a identificar nuestras emociones y ver de qué modo las podemos utilizar en nuestro beneficio. ¡Hagamos lo mismo con el monstruo verde!

Ponle un nombre, grítale, fumígalo, haz lo que quieras pero contrólalo. Cuando mi hija era pequeña y escuchaba algo que no le gustaba, se tapaba los oídos y decía: borrar, borrar, borrar. Me gustó y se lo copié. Tengo una goma imaginaria -hay días que más bien necesitaría un bazoka lo confieso-. Cierro los ojos e imagino la goma borrando y veo aparecer un cielo azul.

Hacerlo nuestro aliado porque en ocasiones nos avisa de un peligro que somos capaces de presentir pero aún no hemos identificado. Nos obliga a ser cautos para no cometer errores de graves consecuencias.

Ejemplo -mira que me gustan a mí los ejemplos, es mi yo maestra-. Otra moda es la de emprender. Que no te gusta tu trabajo, pues oye lo dejas, te montas algo por tu cuenta y tan pichi. ¡Qué fácil! Pues no. Antes tendrás que analizar la situación ¡vamos digo yo!

¿Tienes ahorros? ¿Posees un colchón financiero que te permita sobrevivir los primeros meses? Si la respuesta es afirmativa genial, sigue analizando todos los pros y contras ¡Y a por ello! Si por el contrario sobrevives día a día, siento decirte que tendrás que hacerlo de otro modo, buscar alternativas pero sin dejar tu trabajo de buenas a primeras. Aquí el miedo juega a tu favor y te señala el camino más adecuado para lograr tu objetivo.

Concluyendo para finalizar. No dejemos que nos domine, aceptémoslo como uno más en la familia -quizás un primo lejano- pero sin dejar que dicte nuestras acciones. Tal vez, un consejero en alguna que otra ocasión. Con voz pero sin voto.

Lucha por tus sueños y que nadie te diga lo que puedes o no puedes hacer. Tú marcas tu límite. Tu vida tus decisiones.

Una vez más os doy las gracias por estar ahí. Yo sin vosotros no podría existir ❤

Luchando contra la ira

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He aprendido que cuando alguien me provoca ira controla mi vida.

Creo que es una de las emociones más difíciles de gestionar, ya que no deja de ser la respuesta a un hecho o acción que no es de nuestro agrado o que de algún modo nos perjudica o daña.

Tal vez la emoción que mejor sepamos reconocer y quizá la que peor gestionemos. Sólo hace falta leer un periódico, mirar las noticias en la televisión, escuchar la radio o pararte y mirar a tu alrededor: el cliente que se enfada porque el camarero tarda en atenderle, los conductores en una glorieta, la señora que va tarde a las compras y lo paga con la cajera, tu compañera de trabajo si brillas más de la cuenta o tú mismo cuando algo no sale como habías planeado.

Personalmente confieso que la ira a veces me vence la batalla. No os asustéis, ¡no soy violenta!, más bien demasiado contenida -como me decía un compañero de trabajo- . Mi ira es a nivel centrifugadora mental. Cuando alguien hace o dice algo que me daña, molesta u ofende le doy cien mil vueltas a la cabeza cuando me voy a la cama. Me monto mis propios discursos, que son en realidad soliloquios.

Al principio me engañaba diciéndome que dichos soliloquios eran la forma en la que desmenuzaba ese supuesto ataque a mi honor. Se supone que al analizarlo lo convertía en la mínima expresión y así era capaz de llegar a la conclusión de que… ¡De que nada porque jamás llegué a conclusión alguna más que perder horas de sueño!

A veces me flagelaba a mí misma pensando, tenía que haber respondido esto o lo otro o hecho tal cosa, pero mi naturaleza poco belicosa y el exceso de contención que antes mencioné dictaban, dictan y dictarán otro comportamiento por mi parte.

Y aquí radica el problema del centrifugado mental y la dificultad de gestionar la ira.

Vivimos en sociedad, eso lo sabemos todos no hace falta que venga yo a descubrirlo. Como sociedad merecemos respeto y debemos respeto. Cada uno de nosotros tiene su personalidad, genotipo, fenotipo, vivencias, creencias y experiencias que son las culpables de que tú me des una opinión sumamente respetuosa sobre un tema y yo lo perciba como un ataque. De ahí la frase que dice: soy responsable de lo que digo, no de lo que tú entiendes. Es decir, no podemos ofender de modo gratuito a nadie, pero ojo ¡tampoco podemos sentirnos ofendidos a la mínima!

¿Entonces que hacemos si el uno “escupe” lo que le viene en gana y la otra se ofende con facilidad?

¡Qué buena pregunta! La respuesta es clara y os va a sorprender mucho: ¡NO TENGO NI LA MENOR IDEA!

¿Y me lo sueltas así Susana, en negrita y mayúsculas? Pues sí, así te lo digo. Yo no te puedo decir qué hacer, si lo supiera tendría en mi mano la llave de la paz mundial, y vive Dios que la daría con gusto y de manera gratuita; pero desgraciadamente no es así.

No hay fórmulas mágicas, solo cordura.

Mi programa de lavado mental preferido tiene su origen precisamente en toda esta explicación anterior. Si yo respondo con violencia a lo que percibo como una agresión ¿voy a solucionar algo o lo voy a empeorar? Prefiero actuar con los mecanismos de los que la sociedad nos dota -por ejemplo un juzgado si fuera el caso- pero siempre desde la calma y el sosiego.

Vale, vale Susana, no nos vendas la moto que al principio has reconocido que te gestionas mal y te quita el sueño. Muy cierto, pero también he comenzado este artículo diciendo que he aprendido que cuando alguien me provoca ira controla mi vida.

Me di cuenta que no podía darle tantas vueltas al motivo de mi enfado, que al final lo único que conseguía era que ese hecho ocupase el centro de mi atención. Estaba dándole a la persona culpable de mi enfado la llave de mi vida y lo que es aún peor le traspasaba mi responsabilidad, ya que al final la culpable de mi enfado en última instancia soy yo.

Vamos a analizar esto último pero primero limitemos los hechos. No hablo de cuestiones graves que dañen nuestra integridad física, psicológica o moral. Ni de actos crueles y egoístas. Me refiero a esas pequeñas nimiedades de la vida cotidiana que pueden llegar a enquistarse y convertirse en un serio problema: una frase mal entendida, un gesto hosco, un acto inapropiado pero que sabes ha sido realizado sin maldad ni deseo de dañar y tantos y tantos hechos y actos a lo largo del día que se transforman en guerras sin cuartel.

Decía que los culpables últimos de nuestro enfado somos nosotros. Podemos elegir si enfadarnos o no. Quizá no sea fácil pero piensa ¿por qué lo que te dice Juan te hace gracia pero si sale de boca de Pedro te enfada? ¿Lo percibes de distinta forma? ¿Cuál es el motivo que provoca esa diferencia?

Es para meditar ¿verdad? Hay personas que directamente nos sacan de nuestras casillas digan lo que digan y no les concedemos ni la más mínima oportunidad. Nosotros somos injustos y encima el objeto de nuestra injusticia domina nuestra vida. Es la merluza del pincho que se muerde la cola.

No, no es nada fácil gestionar adecuadamente la ira pero es imperativo hacerlo. Vivimos en un mundo convulsionado, donde al amparo del anonimato se sueltan mensajes cargados de odio en las redes sociales o se responde a la violencia con más violencia. Ese no es el camino.

Decía Gandhi: La no violencia no es el arma de los débiles, es el arma de los corazones fuertes, de los que son capaces de luchar por aquello en lo que creen. Y esa lucha no tiene porqué ir seguida de violencia. La no violencia es lucha espiritual. Significa aguantar, responder al odio con el amor, como dijo Buda”.

Como siempre, gracias por estar al otro lado. Yo, sin vosotros, no podría existir ❤

Imagen de Pixabay.com

Cómo identificar tus emociones y aprender a gestionarlas

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He de confesar que tardé años en darme cuenta que no me habían maldecido al nacer  sino todo lo contrario.

Existen personas con una capacidad extraordinaria de emocionarse. Lamentablemente según qué tipo de emoción la sociedad lo puede etiquetar como debilidad. Era lo que me sucedía a mí y llegué a creerlo.

Pasaron los años y con ellos llegó la madurez y las vicisitudes propias de la vida.

Descubrí que esa emoción a flor de piel me ayudaba a superar obstáculos, aún no sabía poner nombre a todo aquello pero supe que llorar para mí era un bálsamo. Una vez hasta me entretuve en etiquetar mis lágrimas, pues me afloraban no sólo por tristeza sino también cuando sentía, alegría, sorpresa, ira, rabia, impotencia, admiración o cualquier otro tipo de emoción que me impactase como un misil en el centro neurálgico de mi ser.

Mis emociones fueron creciendo y madurando a la vez que mi cuerpo.

En la niñez era incapaz de controlar las lágrimas y brotaban en cualquier lugar y situación -como casi cualquier niño-. En la adolescencia y la edad adulta aprendí a controlarlas en público si no era el momento adecuado. Como he dicho en anteriores artículos creo firmemente en la necesidad de sentir, pero no en la exposición innecesaria u obscena -repito mucho esta palabra pues desgraciadamente, a la par que socialmente se coarta la expresión emocional por otro lado, se utiliza impunemente para según que fines-.

En la última fase de este proceso de maduración y cuando ya fui consciente del “tesoro” que poseía descubrí que lo que yo hacía era gestión emocional. Es decir, utilizaba mis emociones, tanto las negativas como las positivas, como herramienta de vida. De vida personal y profesional.

que es una emocion

Una emoción es una respuesta de nuestro cuerpo a un estímulo externo. Esta respuesta, nos explica la ciencia que se da en tres niveles.

Nivel neurofisiológico: sudoración, palpitaciones, cambios en el tono muscular, es la que nos permite darnos cuenta que estamos experimentando una emoción. Un ejemplo, cuando vemos a esa persona que nos gusta, ¿qué sucede? Las famosas mariposas en el estómago y ese no sé qué, que qué sé yo que nos emboba. 

Nivel comportamental: es la expresión emocional de lo que estamos sintiendo, nuestro lenguaje no verbal: tono de voz, la posición del cuerpo, la mirada. En el ejemplo del buenorro o buenorra es sencillo el coqueteo, esa caída de pestañas, la risita tonta. Bueno… excepto las inútiles como yo que no nacimos para coquetear, al menos conscientemente.

Y el tercer nivel es el cognitivo: soy consciente de lo que estoy sintiendo -llamaradas de pasión- soy capaz de ponerle nombre -atracción- y aquí es cuando pasamos de la emoción al sentimiento -amor- es decir, el sentimiento es la emoción hecha consciente. Se diferencian básicamente en la durabilidad y la intensidad.

Las emociones son más intensas y duran menos en el tiempo que los sentimientos. Siguiendo con el ejemplo del amor, sería inviable vivir permanentemente ese estado de atontamiento del inicio. Ocurren de forma instantánea, no se pueden controlar. El sentimiento, como hemos visto anteriormente requiere un proceso de maduración y al ser consciente se puede llegar a controlar.

Ya sabemos lo que es una emoción e incluso la distinguimos de los sentimientos.

¡Cuántas emociones existen_

Vamos a enumerar todas las emociones negativas que se nos ocurran y tratar de inferir si existe algún motivo para que sean muchas más que las positivas: vergüenza, celos, envidia, desprecio, ira, indignación, asco, tristeza, amargura, frustración, infelicidad, desgana, sufrimiento, aburrimiento, desaliento, nostalgia, miedo, hostilidad, impotencia, cólera, furia, exasperación, temor, terror, susto, enfado, recelo, fobia, estrés, nerviosismo, angustia, ansiedad.

La causa tiene relación con el instinto más primitivo, el de supervivencia. Las emociones negativas, ¿cuándo las sentís? Exacto ante una amenaza, pérdida, o cualquier situación que interpretamos como de peligro. Ellas nos ayudan a movilizarnos a afrontar dicho peligro y sobrevivir.

Las emociones positivas la función que tienen es la de hacernos sentir bien.

Pero aunque hablemos de emociones negativas o positivas hay que tener muy claro que ninguna emoción es mala en sí misma, el problema no deriva de la emoción sino de cómo la gestionemos. Aludiendo al principio fundamental de la energía, yo lo adapto a las emociones y siempre digo, que las emociones ni se crean ni se destruyen únicamente se transforman.

Este es el motivo por el cual afirmo que son impulsoras de acción. Debemos transformar una emoción a priori negativa en otra positiva. es muy importante aprender a distinguirlas, permitirnos sentirlas, identificarlas y luego gestionarlas.

La emoción no depende del acontecimiento sino de la forma en que te afecte o lo valores. No todos tenemos la misma respuesta ante un mismo suceso, no es algo universal. Pensemos en una situación que se repite por desgracia últimamente, un despido. Perder el puesto de trabajo para unas personas supone un problema que genera ansiedad y para otros, por el contrario, ser el estímulo que necesitaban para decidirse a dar forma a un proyecto profesional que iban postergando.

Decía Marie Curie que “dejamos de temer aquello que hemos aprendido a entender”, así pues dejemos de tener miedo a expresar lo que sentimos a través de la consciencia de nuestras propias emociones.

¿Cómo puedo gestionar mis emociones_

La buena noticia es que podemos intervenir sobre cada uno de los componentes de una emoción.

A nivel neurofisiológico ¿Qué podemos hacer cuando sentimos ansiedad para evitar las palpitaciones, la sudoración y ese nudo en la garganta que no nos deja respirar? ¿Qué hacéis normalmente vosotros? Exacto, aplicar técnicas de relajación, como la respiración consciente.

Para los más expertos o no tan expertos, porque seguramente muchos de vosotros lo haréis de forma innata, otra opción es la utilización de lo que en PNL se llaman anclajes. Recursos que te llevan a otro estado emocionalmente más satisfactorio

Ante un día duro en el trabajo -soy comercial- para sosegar mi cuerpo y acallar la mente lo que hago es meterme unos minutos en el coche, cerrar los ojos, respirar pausadamente y viajar a un momento del pasado – como los ordenadores cuando se estropean y queda la opción de restaurar a una fecha anterior-, recordar que esto ya lo he sentido y nada malo sucedió. No se abrieron las puertas del Infierno y Belcebú me invitó a su casa. 

A nivel comportamental, la gestión emocional nos obliga a entrenar habilidades sociales. 

Si trabajas cara al público y estás cabreado por cualquier motivo, no te vas a poner a _ladrarle” a%2

Esto te obliga a navegar por tu interior, a conocerte muy bien para llegar a ser capaz de regularte. Porque no hay que olvidar que ante todo somos animales sociales, no estamos solos en este mundo.

A nivel cognitivo, es evidente que las emociones nos invitan a la acción: me siento en peligro, echo a correr. Ahora bien estas respuestas tienen que ser apropiadas no podemos funcionar por impulsos. Por ejemplo, si un Miura viene todo cariñoso hacia nosotros, echar a correr y lanzarse por un barranco no es la respuesta más adecuada -lo sé exagero-.

Si os gustaría profundizar en todo lo que os acabo de comentar os recomiendo dos libros. Uno el que tanto me ha enseñado sobre emociones: “Universo de emociones”, un proyecto de Eduard Punset, Rafael Bisquerra y Palau Gea. El otro para trabajar las emociones con vuestros hijos, alumnos, o personas de cualquier edad: “Emocionario” de la editorial Palabras Aladas.

Para finalizar, dar las gracias a mi inspiración de este martes que ha sido Carmen Cifuentes del blog “Emoti People” a quien conocí cortesía de Facebook y con quien mantuve una interesantísima conversación sobre emociones y sentimientos.

Como siempre gracias por estar ahí. Yo, sin vosotros, no podría existir ❤

Cuando la vida pesa

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Según la OMS, en el año 2020 la depresión podría ser la segunda causa de discapacidad a nivel mundial (Deborah M. Labrador. Portal Discapnet / 13 de enero de 2018).

El dato es aterrador pero hoy no vamos a hablar de depresión porque no tengo capacitación médica para hacerlo; además es tema muy serio y delicado que merece el máximo respeto y comprensión.

Nos centraremos en esos momentos en los que sin llegar a padecer una depresión, el alma se nos antoja demasiado pesada. Siempre digo que la vida está formada por pequeñas islas de felicidad, pero no es menos cierto que también algún que otro islote de tristeza, agobio, cansancio vital, pesadumbre o miedo.

En los últimos años en los que la crisis económica desembocó en aumento del paro, inestabilidad laboral, pérdida del nivel adquisitivo y derechos fundamentales como el de una vivienda digna -léase malditos desahucios-; disminución en la calidad de la salud pública -personas que dejan de medicarse por no poder hacer frente al gasto farmacéutico- y de la enseñanza -interinos al borde de un ERE encubierto, aulas donde la ratio hace tiempo que dejó de existir, disminución de los presupuestos para becas…- es normal encontrarnos con que nuestros amigos, familiares, o incluso nosotros mismos, sentimos en ocasiones una opresión en el pecho que nos dificulta respirar.

Agotamiento mental y psicológico ante lo que se denomina un mundo VUCA, es decir volátil, incierto, complejo y ambiguo -traducido del inglés-. Todo cambio conlleva un terremoto, eso he escuchado hasta la saciedad en los últimos meses y ojo que creo que es cierto pero… ¿estamos preparados para esta variación de paradigma?

Nuestros padres o abuelos -depende de la edad que tengas tú que me lees al otro lado- tuvieron trabajos que les duraron toda o casi toda su vida profesional. Cuando yo me sumergí en el mundo laboral estaba mal visto tener un currículum con varios puestos de trabajo, ¡menuda risa ahora mismo! Es decir, hemos tenido que resetearnos, pasar del trabajo para toda la vida al Knowmad, neologismo inglés que define a la persona que se tiene que reinventar.

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El Knowmad es el trabajador del nuevo siglo que combina dos conceptos fundamentales: know, saber y nomad, nómada. Se caracteriza por ser un camaleón con una gran versatilidad tanto en la adquisición de conocimientos y capacidades como a la hora de trabajar en colaboración con otros y hacerlo en cualquier parte.

Mi hija, veinteañera, lleva tatuada en la frente esta idea porque se ha criado y educado en la nueva era. ¿Pero qué pasa con nosotros, los padres e incluso abuelos? Pues que tenemos dos soluciones: adaptarnos o…

Personalmente no me asusta, soy curiosa y de naturaleza plástica, pero sí que me cuesta la incertidumbre económica que esto supone. Ahora mismo que estoy buscando trabajo, no me cierro a desarrollar nuevas capacidades pues mi actitud sigue siendo la de siempre, avanzar. Pero me aterra pensar en el futuro a medio plazo. Ese momento por ejemplo en el que la prestación pasa a ser el cincuenta por ciento de la base de cotización.

Estos miedos son los que provocan que a veces nos pese la vida.

¿Qué podemos hacer? No tengo la fórmula mágica pero os puedo contar lo que yo hago.

Primero, me permito tener miedo porque así soy consciente de él y puedo analizarlo. Me concedo SENTIR, algo que a veces parece estar vedado.

Segundo, no lo oculto. Tampoco lo anda publicando a voz en grito igual que los antiguos vendedores de periódicos: ¡Extra, extra, Susana se caga por la pata abajo por si no encuentra trabajo! Pues no, no es plan. Demostrar las emociones es sano, sobreexponerlas resulta obsceno -a mí al menos me lo parece- porque además no conduce a nada.

Tercero, analizo qué es lo que en ese momento estoy sintiendo y cuál creo que es el motivo. Esto requiere ser honesto, si no te permites SENTIR, ya vas mal. Si sientes pero no identificas o admites, vas peor. No pasa nada, estás a solas contigo mismo háblate con franqueza.

Cuarto. Ya conozco el qué y el porqué ahora me hago dos preguntas, ¿qué es lo peor que me puede suceder?, que no encuentre trabajo ¿Qué es lo mejor que me puede suceder?, que encuentre trabajo. A la primera respuesta me sigo preguntando, ¿qué no encuentre trabajo nunca jamás? Y aquí veo lo ridículo de mi miedo. Me sigo boicoteando. Continúo machacándome pensando que no lo encuentre antes de que finalice la prestación; ¿en dos años no lo vas a encontrar? O que no lo encuentre antes de que me baje el porcentaje a percibir ¿Y tú familia te va a abandonar?

Con estas cuestiones que yo le plantearía -vale le planteo- a mi yo miedoso y las respuestas, os pongo un ejemplo de lo que podéis hacer con vuestros miedos: desmenuzarlos hasta convertirlos en algo tan ridículo que os entre la risa.

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A veces también recurro a la visualización. Retrocedo en el tiempo y me voy a situaciones complicadas de mi vida: ¿qué pasó?, ¿qué sentí?, ¿se solucionó?, ¿cómo?, ¿quién me ayudó? Y me demuestro que entonces también sentía pánico y fui capaz de solucionarlo. ¿Por qué ahora iba a ser distinto?

Estoy segura de que todos vosotros en distintos momentos de vuestra vida habéis pasado por dificultades, ¿Qué fue lo que hicisteis para superarlas?

Otra opción es buscar un motivo. Aquello que os “obligue” a salir de esa angustia. No es fácil, por eso dicho motivo tiene que ser muy potente: una familia a la que sacar adelante, ser ejemplo para vuestros hijos o algo un poquito más “feo” como demostrarle al o la causante de vuestros males que no va a poder con vosotros. La ira bien gestionada más el orgullo personal pueden obrar milagros.

Y para terminar, recalcar algo que jamás me cansaré de repetir, es muy importante para la salud mental olvidarnos del qué dirán -cada cual que lustre sus zapatos- y permitirnos sentir que necesitaríamos una grapadora para sujetar el alma.

No soy experta en nada, tan sólo una humilde redactora de sentimientos pero veo a mi alrededor demasiada gente querida que lo pasa mal y a veces me siento impotente. Tengo fama entre mis conocidos de ser una mujer alegre y positiva, por eso siempre uso en mis historias mi propia experiencia, para demostrar que todos pasamos por las mismas vicisitudes y no tenemos nada de lo que avergonzarnos. Somos humanos, demostrémoslo con un poquito de comprensión y más afecto. El mundo necesita abrazos no puñales.

Para terminar, por si a alguno os ha interesado el tema Knowmad os recomiendo un libro: “Knowmads los trabajadores del futuro“, de Raquel Roca.

Gracias por estar ahí. Yo, sin vosotros, no podría existir ❤

¿Cuál es tu mayor deseo?

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Hay una serie de televisión que me tiene loca y no es solo porque al protagonista me lo haya pedido para Reyes -lamentablemente sus Majestades los Majos estaban apagados o fuera de cobertura-, sino porque me parece original, me hace reír, posee tintes fantásticos, resuelven crímenes, me relajo y me olvido de las piedrecitas del camino.

Lucifer, es la historia del hijo caído de Dios que se muda a vivir a los Ángeles y termina de asesor civil de la policía. Acude a terapia para superar los graves problemas de relación que tiene con papá -Dios- y con mamá -La Diosa de la Creación- a la que papi desterró al infierno -lo que terrenalmente es un “sencillo” divorcio-. También tiene problemas de celos con su hermano que decide mudarse con él, a territorios menos celestiales.

Pues bien, resulta que Luci, como lo llama su hermano Amenadiel -también conocido como Gabriel el ángel mensajero- tiene algún que otro poder, para algo es el Señor del Inframundo, como mirar a los ojos de una persona y que confiese sus más oscuros secretos con tan solo preguntarle: ¿Cuál es tu mayor deseo?

¡Gran pregunta!

Pero, ¿qué es un deseo? Según la RAE en una de sus acepciones, se trata de un “movimiento afectivo hacia algo que se apetece. O sea aquello que se quiere conseguir.

Todos tenemos deseos, sueños por realizar. Ellos se convierten en ocasiones en la gasolina que nos mueve cuando las fuerzas nos fallan. Son esa isla de paz en medio de nuestras tormentas de vida. Ahora bien, debemos tener cuidado y que no se conviertan en la peor de nuestras pesadillas.

No sé si propiciado por la grave crisis en la que vivimos inmersos desde hace casi una década, la sociedad se está convirtiendo en una nebulosa en la que vivimos anestesiados. Cada vez se impone más la idea del “felicismo” a toda costa. No os cuento nada nuevo, los que lleváis tiempo leyéndome sabéis que soy la coach anticoach. No porque reniegue de lo que considero una gran herramienta en mi vida, sino de la peligrosa utilización que se hace de ella.

Ser felices por mucho que le pese a ciertas personas es una decisión, no una obligación. Y no hay otra, yo decido si quiero ser feliz -que por cierto sí es mi elección- o prefiero no serlo. Mi vida, mis decisiones.

Si decido ser feliz y luchar por mis sueños no debo olvidar algo fundamental y es que estos se logran con los pies bien anclados en el suelo. Os pongo un ejemplo propio. Hace unas semanas el SEPE me citó para asistir a un programa de orientación laboral. De lo que se trata es de conocer mejor tu perfil profesional y tus capacidades en la búsqueda de empleo. La primera y lógica pregunta que me hizo el técnico fue ¿de qué quieres trabajar? Mi respuesta -lo sé, toco las narices hasta al SEPE-: ¿en que me gustaría trabajar o en qué debo trabajar?

No es lo mismo sueño que realidad. Porque no es lo mismo deseo que necesidad.

¿Quiere decir esto que debes renunciar a tus deseos? ¡NO!, lo que debes hacer es luchar siempre por conseguir lo que anhelas, pero teniendo muy claro cuales son tus necesidades básicas y que debes tenerlas cubiertas. Sería muy bonito haber contestado ¡quiero trabajar de redactora de contenidos!, pero los verbos, comer, pagar y vivir sugieren otra contestación.

No convierto mi sueño en mi pesadilla -que sería lo que sucedería si no encuentro trabajo- sino que mi acción para conseguirlo se desarrolla paralela a mi necesidad. Busco trabajo de aquello en lo que tengo larga experiencia, se me da bien y hay oferta. A la par, escribo en mi blog y colaboro con La Nueva Ruta del Empleo. Creo, desarrollo y potencio mi marca para alcanzar mi sueño, mi deseo, mi proyecto.

No confundamos deseo y necesidad.

No olvidemos nuestros sueños y luchemos para hacerlos realidad, pero por favor con cordura, midiendo las acciones y sus consecuencias.

Como decía el gran Aberasturi, ¡sean ustedes moderadamente felices!

Un martes más gracias por estar ahí. Yo, sin vosotros, ¡no podría existir!  ❤

P.D.: Aprovecho mi post para desearle a mi hermana Maite, también conocida como “Tijeras Lokas” un feliz cumpleaños y recordarle que la quiero mucho. ¡No lo olvides Reina Mora! 🙂

Y tú, ¿vives o solo pasabas por aquí?

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La inspiración para escribir me viene de la vida misma.

Como escritora -¡qué trabajo me cuesta denominarme así! es algo que debo trabajar- poseo una imaginación desbordante. Cuando el tiempo asturiano lo permite, me gusta sentarme en un banco o en una terraza y observar a la gente. Las huellas de vida en sus rostros, e imaginar la historia que hay detrás.

Toda esta información que mis sentidos recogen a lo largo del día, se va procesando inconscientemente en mi cabeza de  rizos locos y se hace consciente, a modo de idea para un nuevo post, justo en el momento en que navego camino al país de los sueños, o sea, cuando me estoy quedando dormida.

Hace unos meses, leyendo la revista Objetivo Bienestar conocí el concepto Ikigai en el artículo ¿Quieres vivir mejor? Busca tu Ikigai. Me quedé con la esencia pero no profundicé mucho más hasta que leí otro, en la misma revista, hace una semana. (Referencias al final del post).

Resumiendo en una frase el Ikigai es hacer aquello que te apasiona y se te da bien para darle un sentido a tu vida. El mío por ejemplo es escribir y mi objetivo convertirlo en mi medio de vida para alcanzar, de este modo, la plenitud máxima. Si lo consigo ¡estupendo! Si no lo consigo, ¡habré tenido un sueño por el que luchar!

En el último de los artículos, “¿Cuál es tu Ikigai?”, habla de la importancia de las decisiones que tomamos, dice textualmente: “Estas decisiones son cruciales porque nos cambian la vida para siempre. Para saber lo implicados que estamos en nuestro futuro debemos analizar cómo hemos llegado donde estamos”. Volved a leer la frase pero más despacio, con detenimiento, palabra a palabra. ¡Decisiones, ahí es nada!

Mi pensamiento es muy enrevesado, comienza en un grano de arena y enlazando termina en la vajilla de la familia real inglesa. Esta frase me tocó muy hondo, había algo en ella que me arañaba los ojos pero no era capaz a identificarlo. Pasaron los días y de repente me vino, sin motivo alguno, una frase a la cabeza: y tú vives ¿o solo pasabas por aquí?

Confieso que durante varios años, entre los veintiocho y los treinta y uno, simplemente me dejaba llevar por mi existencia. Mi lema era, que pase lo que tenga que pasar. Me sentía frustrada, triste y a pesar de mi juventud creía que no estaba haciendo nada de provecho. Por supuesto querida hija, cuando me leas, sabes que tú no entras en este pensamiento nefasto ya que has sido, eres y serás para siempre el faro que me ilumina. ❤ 

Teatrera lo he sido siempre. Recuerdo una tarde, iba caminando hacia mi trabajo -acababa de entrar en la treintena- y hastiada miré al cielo y le grité: ¡Dios haz algo, mándame una señal! Y me la mandó, ¡vaya si me la mandó el muy obediente! A los pocos meses mi vida dio un giro inesperado y no tuve más remedio que tomar decisiones. Fue lo mejor que me pudo pasar.

Llevo desde entonces de decisión en decisión y tiro porque me toca. Algunas, sobre todo en el último año, han sido duras, pero es mi vida y yo llevo el timón.

¿Y vosotros? ¿Vivís o tan solo visteis luz y entrasteis a saludar?

Vamos un poco más allá, que me gusta liar la madeja más que si fuera un gato. Partamos de la base de que todos somos el capitán de nuestro barco. ¿Navegamos por la ruta que hemos trazado, sin desviarnos, o tenemos en cuenta al resto de naves? Es decir, ¿somos capaces de tomar decisiones que quizá nos hagan variar ligeramente de rumbo pero evita que provoquemos el naufragio de otro?


¿Alguna vez has sido testigo mudo de una injusticia? ¿Has mirado para otro lado o adoptado la posición de la avestruz mientras pensabas ¡qué a mí no me toque!?


Está muy bien descubrir tu Ikigai, lo aplaudo, pero para conseguirlo medita tus decisiones y cómo van a afectar a tu entorno. No todo vale, el fin no justifica los medios.

Como filosofía de vida -de origen japonés como ya habréis deducido- implica tener en cuenta el de los demás y ayudarles a conseguirlo. Regirse por una ética que luche contra las desigualdades y las injusticias. Quitarse la venda de los ojos y los tapones de los oídos. Decir NO a quien trate de vulnerar tu libertad, la de tu amigo, la de tu vecino, la de tu familia. En una palabra, ser valiente.

Y tú, ¿vives o sólo pasabas por aquí?

Muchas gracias por estar ahí. Yo, sin vosotros, no podría existir ❤

R. Dot, A. (2017, 7 de noviembre) ¿Quieres vivir mejor? Busca tu Ikigai. Objetivo bienestar. Http://www.objetivobienestar.com

Gomis, C. (2018, febrero) ¿Cuál es tu Ikigai? Objetivo Bienestar. Nº 40. P. 84/89

Fotografías de Pixabay.com

El becario

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El planeta anda revuelto desde que a finales de 2008, Lehman Brothers se declaró en quiebra y los cimientos de la economía mundial se resquebrajaron. No debería haber sido algo negativo pues la historia nos demuestra que cíclicamente se van sucediendo las épocas de bonanza con las que comúnmente llamamos vacas flacas. Pero lo que comenzó siendo una crisis económica derivó en toda una crisis social y de valores. Y de aquellos barros vinieron estos lodos.

Diez años después, una de nuestras principales preocupaciones sigue siendo el trabajo, bien porque no lo tengamos o porque sea precario. El nivel de penuria es tal que han aparecido términos tan humanamente devastadores como el de pobreza energética, es decir, aquellas personas que no pueden hacer frente a la factura de una cada día más abusiva electricidad, con todas las consecuencias que esto acarrea.


De entre toda la extensa temática que nos ofrece el mundo laboral me quiero centrar en la búsqueda de empleo y la edad. 


smiley-2979107_640Primero, eres joven pero no has finalizado tus estudios y tampoco tienes experiencia. Luego, tienes estudios pero sigues sin experiencia. Y al final, tienes estudios y experiencia pero dicen que eres mayor. Conclusión: dependiendo del tiempo que te lleve tu formación no disfrutarás ni de diez años en los que cumplas todos los requisitos, porque pasados los cuarenta…

Según la pirámide de población en España a diciembre de 2016, el mayor rango de población por edad se sitúa entre los cuarenta y los cuarenta y cinco años. Pero vamos aún más allá, los trabajadores considerados como mayores, la horquilla entre cuarenta y sesenta y cuatro años,  forman el 36,5% de la población. Es decir, si quitamos la población no considerada como activa, se deduce que precisamente nosotros, ¡los mayores!, somos la mano de obra de este país. Los que cotizamos para sostener las pensiones -absténganse de hacer chistes- y mantener a nuestros hijos.

Creo que lo que viene a continuación no hace falta ni decirlo, pero lo voy a escribir porque parece que no es tan obvio. Si a partir de los cuarenta años un trabajador es discriminado por su edad en los procesos de selección de personal, ¿podría alguien explicarme como piensan sostener económicamente el país cuando la pirámide de población les está gritando la realidad más absoluta?

Me estoy poniendo seria y encima me estoy cabreando algo que va en contra de mi amor por la gestión emocional. Gestionemos pues y sigamos hablando del tema desde una posición más positiva y amable.

Este fin de semana vi una película que es la que da título a mi post de hoy, “El becario”. Me reí tanto que vivo en un cuarto piso y me debieron de escuchar hasta los vecinos del primero. También lloré, pues a momentos me conmovió profundamente.

Protagonizada por Robert de Niro y Anne Hathaway, nos cuenta la historia de un hombre de setenta años, viudo y jubilado que siente un vacío en su vida y decide contestar a un anuncio en el que se buscan trabajadores senior. Lo que nos enseña es mucho y muy enriquecedor.

La empresa es de venta online, todo un reto para el protagonista que no se maneja bien con la tecnología pero que tiene mucho que aportar. ¿El qué? Es fácil, experiencia en la vida, lo más importante. Aquí radica el mayor de los errores, en exigir experiencia en una cuestión en concreto, cuando lo realmente necesario es poseer las capacidades que te llevarán a desarrollar adecuadamente esa tarea.

No os voy a chafar la película por si alguno no la habéis visto y este post os anima a hacerlo, pero sólo deciros que Jules, el personaje de Anne sabe mucho de lo suyo, de lo que Ben, el personaje de Robert no tiene ni idea. Pero, ese conocimiento que ella posee no es suficiente para solventar un grave problema, mientras que los setenta años de Ben quizá tengan la respuesta. Ahí lo dejo.

Se habla también de gestión del éxito y de la posibilidad de morir por culpa de ello. Y volvemos a Ben, a su desconocimiento de las redes sociales y a su experiencia como vicepresidente de una compañía de guías telefónicas. ¿Pero eso sigue existiendo, no lo buscas en Google? le preguntan ¡Exacto las guías ya no son necesarias pero sí lo que Ben aprendió a lo largo de su extensa vida profesional!

La película nos enseña algo básico: la tecnología avanza, el comportamiento de los consumidores cambia y el acceso a la información evoluciona pero al final la capacidad de resolución de problemas sigue cimentada sobre el pensamiento lógico y la experiencia y es algo indiscutible que esta última sólo nos la proporciona la edad.

Ahora mismo yo estoy buscando trabajo, el mes que viene cumpliré cuarenta y siete años. Tengo capacidad docente por mi formación como maestra, una larga trayectoria de atención al cliente sobre todo en el mundo comercial, facilidad innata para conectar con las personas y gestionar emociones propias y ajenas para resolver conflictos. Además de esta vocación por las letras que vengo ejerciendo desde la adolescencia con artículos en prensa, un libro de relatos publicado junto a otros doce autores, este blog y mi colaboración en la Ruta del Empleo.

¿Os vais a atrever a decirme a la cara que soy mayor y no tengo nada que ofrecer?

Finalizo con una frase de Ben y que para mí es toda una declaración de intenciones: ¡Vamos a hacer que suceda!

Una vez más, gracias por estar al otro lado de vuestras pantallas. Yo, sin vosotros, ¡no podría existir! ❤

Datos estadísticos obtenidos de: https://www.datosmacro.co
Imagen de Pixabay.com

De creer y otros amores

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Escuché una voz de hombre que susurraba mi nombre, o al menos eso creí porque estaba sola en casa.

Siempre me ha costado abandonar los brazos de Morfeo, así que antes de conseguir abrir los ojos el resto de mis sentidos analizaron la situación. Desde el lateral derecho me llegaba el suave rumor de las olas, el Cantábrico dormía plácidamente y una ligera brisa de verano batía mis pestañas como diciéndoles -¡venga perezosas, despertad! Me quedé unos segundos disfrutando de la sonoridad del silencio y dejando que el aire siguiera jugando como un niño pequeño que trata de despertar a su madre.

De repente recordé la voz, me resultaba familiar pero en ese momento de tránsito entre el mundo onírico y el despertar era incapaz de ubicarla, o tal vez pensaba que mi oído me estaba engañando.

Cuando por fin mi cerebro fue capaz de dar órdenes a todos los músculos, me levanté muy despacio. La ventana estaba abierta, cuando el tiempo lo permite me gusta dormirme viendo el mar, me relaja. Las finas cortinas blancas bailaban al son de invisibles notas musicales y al fondo, elevada y regia, la luna llena sobre la inmensidad del agua.

Descalza, me acerqué al balcón y salí a la pequeña terraza que discurría por parte de la fachada trasera de la casa. Al final lo había conseguido, mi sueño se había hecho realidad y vivía al borde del mar. La vida había sido interesante, jamás me aburrí, tampoco tuve otra opción. O tal vez sí.

Supe salir de todos las zanjas que fueron apareciendo a lo largo de mi existencia, siempre con el apoyo incondicional de mi faro en las noches más oscuras, mi niña, mis adorados ojos verdes, mi hija. Ella tampoco lo hizo nada mal, demostró lo que se es capaz de conseguir con determinación y ahora, convertida en toda una investigadora, trabaja en Bruselas y recorre medio mundo dando conferencias sobre la necesidad de la Educación Social además de colaborar activamente en la ayuda a los colectivos más desfavorecidos, sobre todo en lo concerniente a temas de desigualdad.

La casa la habíamos comprado entre las dos, como un sello de esa unión tan especial que siempre existió entre nosotras, algo que iba mucho más allá de la relación entre una madre y su hija, que sencillamente se cimentaba sobre el mayor de los amores, el respeto mutuo, la comprensión ante nuestras diferencias y una gran admiración de la una hacia la otra. Era nuestro refugio en el cual yo ejercía de guardiana y al que ella regresaba cada vez que necesita aislarse del mundo.

Salí de mis recuerdos cuando volví a escuchar mi nombre y ahora sí que estaba segura de quien era el dueño de esa voz. Como si un hilo invisible tirase de mi cabeza, la levanté hacia el cielo y el mundo de repente dejo de girar. La luna había cambiado de color, aunque brillaba aún más. Era incapaz de moverme, estaba hipnotizada ante ese tono gris que tanto me recordaba la dulce mirada de alguien. Incluso juraría que me estaba sonriendo. Pude escuchar como al fondo de mi pequeño jardín comenzaban a cantar varios pájaros, pero era imposible, aún la noche lo cubría todo. También me llegó el aroma de un cigarro recién encendido. Las lágrimas comenzaron a recorrer mis mejillas.

-Susana, baja.

No estaba loca, lo había escuchado con toda claridad pero no podía moverme ni quitar mi mirada de esa esfera gris que con tanto cariño me observaba. La brisa se tornó un poco más fuerte, aunque no tenía frío, y un rayo de luz cayó desde el cielo hasta posarse sobre mi mesa de trabajo, justo en el trozo de jardín que quedaba bajo el balcón. Me asomé y le vi. Estaba sentado fumando con parsimonia y escribiendo algo en el borrador de mi último libro, que había dejado olvidado al irme a dormir.

Se volvió y sonriendo me dijo -Te quiero. A continuación, sin dejar de sonreír se fundió con el haz de luz que estalló en miles de estrellas que se elevaron, retornando a lo que ahora era su hogar.

Por fin mi cuerpo volvió a obedecer, bajé corriendo. El césped acariciaba la planta de mis pies, como intentando sosegar mi acelerado pulso y cuando miré el borrador allí estaba, su letra, fina y levemente inclinada. Aún anegada en lágrimas y con la visión borrosa puede leer “Siempre he creído en ti”.

Con la hoja sobre mi pecho regresé a mi habitación y me volví a dormir llorando de emoción. Justo antes de caer vencida por el sueño recuerdo que le dije a la luna -yo también te quiero papá. Ella me guiñó un hermoso ojo gris.

Anoche tuve un sueño.

“Dicebamus hesterna die”

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“Decíamos ayer…”       Fray Luis de León

Un año y cuatro días, parece una condena. Es el tiempo que ha transcurrido desde mi último post.

Demasiadas horas sin escribir para quien respira a través de los dedos, pero en ocasiones la vida nos obliga a desarrollar branquias para aprender a respirar debajo del agua.

Puede parecer extraño, o tal vez no, que un blog quede en barbecho durante doce largos meses. Decía John Lennon que la vida es aquello que te va sucediendo mientras estás ocupado haciendo otros planes. ¡Esa es la cuestión!

Puedes desarrollar un proyecto, como por ejemplo crear tu propio blog para hablar de emociones; fijar el objetivo de publicar todos los martes y desarrollar una serie de acciones que te ayuden a cumplir dicho plan. Todo ello, fácilmente controlable por ti, tu sueño convertido en realidad al llevarlo a la acción. Pero luego está la parte matemática de la vida, esa que se escapa a nuestro control, la ley de probabilidades. Y como este blog es emoción en estado puro, y todos mis escritos versan sobre la parte emocional de lo que nos ocurre o las decisiones que tomamos, hoy no va a ser menos.

¿Qué sucede cuando dejas de ser Hannibal, del Equipo A, y no puedes decir aquello de “¡Me encanta que los planes salgan bien?”. Sencillo, tienes dos opciones: desesperarte y sumar más trabas de las ya ocasionadas por ese “imprevisto” o aceptar lo que te ha tocado y buscar soluciones.

sky-2667455_640 Cuando algo que no es de nuestro agrado o no contábamos con ello nos sucede tendemos a clamar mirando al cielo ¡Señor, ¿por qué a mí?! Y yo, que siempre me he identificado con Ally McBeal, imagino una luz que surge entre las nubes y a modo de foco de teatro me cae de lleno sobre la cabeza mientras una voz grave atrona desde el cielo ¿Y por qué tú no Susana, tan especial te crees?

Al escuchar el concepto de gestión emocional, hay quien puede pensar que se trata de no ser unos histriónicos que van por la vida llorando o riendo sin control, qué también porque no resulta muy sensato explosionar de buenas a primeras. Gestión emocional es la capacidad para identificar y baremar problemas, obstáculos, inconvenientes, pedruscos en el camino o cordilleras a la vuelta de la esquina. No sumar más a lo negativo, sino ir poco a poco aproximándonos a cero, para a continuación pasar a positivo.

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Resumiendo, que se me está yendo la mano con las matemáticas, no añadamos problemas que no existen, centrémonos en lo que debemos resolver y lo demás irá sucediendo de una forma u otra cuando tenga que ser menester -aquí se me fue el lado barroco que diría alguien que conozco-.

Todo esto es lo que ha sucedido a lo largo de estos doce meses y cuatro días. Tenía cuestiones que resolver, y como un gran amigo me dijo hace unos días: “justo antes de la creación del universo, del Big Bang, todo se contrajo en un punto, para luego expandirse. Pues si ahora estás contrayéndote en ti es porque en el momento oportuno, te vas a expandir para CREAR todo lo bello que hay en ti”.

En esas estoy, dejando de contraerme e iniciando la expansión, que como dijo el gran Fray Luis de León, quien me ha inspirado este post:Estar en paz con uno mismo es el medio más seguro de comenzar a estarlo con los demás”.

De nuevo, os vuelvo a dar las gracias por leerme al otro lado de vuestras pantallas.

Yo, sin vosotros ¡no podría existir! ❤