Etiquetas

edvard-munch-1332621_1920

 

“Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad? Eso es lo que significa ser un esclavo”

Roy Batty en Blade Runner

Es de noche y se ha ido la luz. Estás en un remoto faro, una galerna sacude las contraventanas. No sabes como has llegado hasta ahí pero no importa. Busca cobijo, un rincón apartado. Enciende una vela y acurrúcate. ¡Ten cuidado!, que el gélido viento que se cuela entre las grietas del viejo edificio, guía de almas errantes, no apague la llama, no tienes más cerillas.

Escucha, no hables. ¿Qué sientes? Ponle nombre. ¿Miedo tal vez? ¿A qué? ¿Lo sabes en realidad?

Así es la vida, un viejo faro desconocido en medio de una mar embravecida. Y lo único que necesitamos es esa humilde vela que nos ilumine en la oscuridad.

Uno de las emociones más paralizantes es el miedo. Excepto tal vez a los que disfrutan con el exceso de adrenalina, a nadie le gusta sentirse desamparado. Ahora bien, al igual que ocurre con la tristeza, tenemos dos opciones: dejar que nos supere o utilizarlo en beneficio propio.

Desde un punto de vista biológico el miedo ha sido desde el principio de los tiempos un mecanismo de defensa que nos permitió sobrevivir como especie, respondiendo eficazmente a situaciones de peligro. Neurológicamente, podríamos decir que habita en nosotros, concretamente en la amígdala, situada en el lóbulo temporal.

Sirva lo anterior como anecdótica información. Todo esto lo podemos encontrar preguntándole a Don Google, pero lo que a nosotros, nos interesa es otro tipo de miedo. Ese al que hace mención Roy Batty en Blade Runner, el que nos convierte en esclavos.

No me voy a meter en otro florido jardín esta vez, más que nada porque estoy fatal de la alergia. No lo analizaré desde el punto de vista de control de las masas por parte de los poderes fácticos, aunque me tienta bastante. No, yo a lo mío, que no es otra cosa que ir indagando quincena a quincena, post a post en nuestra mente. En lo que somos capaces de hacernos a nosotros mismos.

Antes de que la sociedad nos aniquile, en demasiadas ocasiones ya nos hemos encargado de nuestro autoexterminio.

Vamos a pensar un poco.

En el anterior post “¿Por qué lo llamas sexo cuando quieres decir amor?” hablaba de segundas oportunidades y de lo complicadas que pueden llegar a ser. ¿Y por qué? Sencillo, por miedo. Pero vamos a convertirnos en mineros y bajar a las profundidades de nuestros anhelos, esos que ninguno queremos manifestar. Tranquilo, solo estamos la pantalla, tú que me lees y yo que te escribo. Todo quedará entre nosotros.

Eso que veo parece una veta de carbón, enfoca la linterna, vamos a picar.

Echando la vista atrás, ¿tu vida se parece mínimamente a lo que habías planeado? Si la contestación es sí, ¡enhorabuena ya puedes dejar de leerme! Si la respuesta es no, ya sea rotundo o con la boquita de piñón ¿en qué momento el camino se desvió? Sinceramente, aunque te duela admitirlo ¿en algún momento tuviste la oportunidad de volver al trazado inicial o a un sendero lo más paralelo posible? ¿Por qué no lo hiciste? ¿Miedo tal vez? ¿A qué? ¿A equivocarte, volver a empezar, perder lo conseguido?

Aquí podríamos entrar en el manido concepto de la zona de confort. Pero no me interesa. No es tan fácil, si lo fuera habría overbooking y por ahora quedan bastantes plazas disponibles. ¡No! Yo no pretendo, jamás lo haré y si lo olvido por favor pégame un toque y devuélveme a mi ser, decirte que para ser feliz tienes que dejar tu trabajo y correr en busca de tus sueños. ¡Líbreme Dios de tal osadía!

¡No! Lo único que pretendo, lo que humildemente quisiera es conseguir que identifiques tus miedos. Luego tú decides qué hacer con ellos. Pero antes de que puedas tomar esa decisión, es necesario que los saques de las profundidades.

Y como mineros, vamos picando y picando, con cuidado de no encontrar una bolsa de grisú y nos explote todo en pleno rostro. Luego cargaremos lo extraído y una vez en la superficie procederemos al lavado. Ahora sí, eso que ves es tu pánico. ¡Cógelo, no te a comer! ¡Desmitifícalo, no es tan agresivo como parecía en la oscuridad de la mina! ¿Verdad?

¿Y ahora qué puedes hacer con él?

Tú decides.

Lo puedes guardar en una cajita, envuelto en papel de seda rosa con un lazo lo más pomposo posible y dejar que siga dominando tu vida, que te impida avanzar, luchar por aquello en lo que crees. Seguir permitiendo que te susurre al oído no lo intentes, no te presentes a esas oposiciones no vas a aprobar; no se te ocurra intentar cambiar de trabajo con lo mal que está todo; no llames a esa persona que te gusta que igual te dice no; no eres lo bastante bueno cantando, saltando, dibujando o tirándote en parapente; se te ha acabo la vida, no vales para nada. No cambies, no merece la pena, con lo bien que estamos así, tú en tu monótona y segura vida y yo en mi chalecito color chicle con sabor a mora bañada en nata.

O por el contrario, puedes coger un martillo, romperlo en chiquicientos trocitos y darles forma de sueño. Si no lo intentas no lo conseguirás jamás. No olvides que si el no es la primera respuesta posible, ¡qué demonios vamos a por el sí!. ¿Quieres escribir? Vale, igual es complicado conseguir vivir de ello pero… ¿Quién te impide convertirlo en tu pequeña isla de felicidad? ¿Subir una montaña? ¿Cruzar a nado el río de tu pueblo? ¿Ser actor? ¿Aprender a cocinar? ¿Enamorarte otra vez?

Salir de la zona de confort igual no es fácil, no hagamos quimeras que ya somos adultos. Pero, nadie nos impide sacar la patita de vez en cuando. Un día un dedo, a ver qué temperatura hace. Otro día la mano por si llueve. La semana que viene una oreja, quizás oigamos el canto de algún pájaro extraño, ¡como nunca hemos salido a esos otros mundos a saber quien habita por ahí! Y así poco a poco, igual un día conseguimos sacar la cabeza entera. ¡O incluso el cuerpo!

Todos tenemos miedo, forma parte de nuestra naturaleza primigenia, de lo contrario seríamos unos kamikazes que cruzan una autopista en hora punta en el triciclo del niño pequeño a ver que se siente, por poner un ejemplo. Pero al igual que ocurre con la tristeza, debemos usarlo de tal forma que nos sirva como estímulo. Que nos provoque, nos incite a superarnos. Como dice Felipe, el amigo de Mafalda en una de las maravillosas tiras de Quino: Al final que soy yo ¿un hombre o un ratón?

Una vez más, sólo me resta darte las gracias por leerme. Espero haberte servido de ayuda o crearte una cierta molestia de tal forma que a modo de pinchazo decidas hacer frente a todo aquello que te tiene encadenado.

Te dejo con Loquillo.

Fotografía: Pixabay.com

Entrada original http://www.lanuevarutadelempleo.com/Noticias/esclavos-del-miedo

Anuncios