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“El auténtico problema no es si las máquinas piensan, sino si lo hacen los humanos”

Frederic Burrhus Skinner

 

¡Hola de nuevo ruteros!

Septiembre, la vuelta al cole y como no podía ser de ningún otro modo ¡el regreso de la Ruta!

Llevaba varias semanas pensando nuevos temas para comentar con vosotros y quiso la vida, que al final muchas veces es quien dispone, que a última hora me decidiera a divagar un poquito sobre nuestra relación con las nuevas tecnologías y concretamente, tal y como indica el título de hoy, sobre el móvil.

Os cuento. Mi hija se ha ido con una beca europea una semana a Albania. Una oportunidad única de ampliar horizontes y vivir experiencias que abran su mente más allá de los horizontes que ella misma se marca, que en su caso son muy amplios.

Hasta aquí todo normal. En España cientos o miles de estudiantes viajan al extranjero con becas de estudio o investigación. El problema, ¿problema?, vino cuando nos dimos cuenta que teníamos que hablar con nuestra operadora de telefonía móvil por esa palabra tan hermosa llamada “Roaming”.

Me pongo en contacto con la amable señorita que me atiende y me informa de varios puntos:

1.- Las llamadas son tan caras que mejor nos comunicamos por señales de humo.

2.- Los SMS son tan poco asequibles que pensamos en pasamos al código Morse.

3.- Los datos son tan abominablemente fuera de toda lógica que me recomienda no sólo desconectarlos en el móvil, sino que ellos mismos me los anulen -los internacionales- para evitarnos sustos.

Bueno, pues nada. Ni me llamas, ni te llamo. Ni me mandas mensajes ni los recibes. Y la mensajería gratuita vía internet, la dejas metida en el armario de la habitación.

Pero ¡ay Deux mío! que mi yo madre se empieza a quedar pálida. ¿Y cómo sé que llegaste bien alma de cántaro? Me mira con esos ojillos verdes, la miro con estos marrones y decimos al unísono: ¡bendita wifi!

Se establece en mi perfil de Facebook un debate sobre la compra de bonos y un largo etcétera y yo me empiezo a preguntar ¿nos hemos vuelto todos locos o qué? ¿Acaso es necesario que estemos en continuo contacto? ¿Se van a resquebrajar aún más las placas tectónicas porque pasemos unos días incomunicadas? ¿Va a descender el Ángel Caído de la casa del padre y arrastrarme a un mundo de cenizas y brasas por no saber de mi hija minuto a minuto?

¡Pues no!

Es lógico que quiera saber que ha llegado bien, y por cierto así ha sido. Pero creo que es todo un aprendizaje tanto para ella como para mí, ser capaz de cortar durante cierto tiempo ese lazo que nos une. Somos dos adultas, que en un futuro cada vez más cercano tendrán que ver como su vida se bifurca en dos caminos, el suyo y el mío. Necesitamos dejar de vivir con miedo y desesperación lo que la falta de noticias pueda suponer. Es más, es necesario recuperar aquel dicho de “la falta de noticias son buenas noticias”.

Me pregunto, os pregunto ¿Qué nos han hecho las nuevas tecnologías? ¡Nada, nos lo hemos hecho nosotros!

Tenemos una tendencia exculpatoria que no se puede negar: la tele atonta, los niños no tienen porque tener móvil, todo es culpa de internet… ¡No señores, no, la culpa es nuestra! Los avances son eso, progresos que nos permiten crecer y avanzar como civilización, ahora bien cómo los usemos es responsabilidad nuestra.

Nos controlamos a través del móvil: oye que te he enviado un mensaje, me sale la doble marca azul y no me has contestado. ¿Perdona?, quizá estaba trabajando, hablando con un amigo, tomándome una copa, cocinando, teniendo un encuentro sexual brutal o colgando de un árbol así porque de repente me apeteció hacer el mono. ¿En qué apartado de qué contrato dice que tengo que contestar inmediatamente?

Antes no existía el móvil y todos vivíamos felices. Llamabas a casa y si no contestaban es que no había nadie, punto. Ahora tenemos hasta GPS ¡estamos majaras!

¿Y antes del teléfono? ¿Qué pasaba cuando nuestros antepasados emigraban? ¿Se mandaban un Telegram? ¡No, se enviaban un telegrama: Todo bien. Sigo vivo. Respiro. Besos!

Vamos más allá aún. ¿Y cuando se embarcaban rumbo a las Américas? ¿Cuánto tardaba en llegar la correspondencia?

Hay una magnífica novela histórica que os recomiendo “A flor de piel” de Javier Moro, donde nos narra una hazaña humanitaria sin parangón y de paso recupera la figura de Isabel Zendal, una gallega muy humilde considerada por la Organización Mundial de la Salud, como la primera enfermera de la historia en misión internacional. Esta, no era otra que extender la vacuna de la viruela, que tantos estragos estaba ocasionando en el mundo entero. Leyendo el relato uno se da cuenta de hasta qué punto nos hemos convertido en unos esclavos tecnológicos. Principios del siglo XIX, una expedición que duró años, ¿acaso no quedaron en España decenas de familias preocupadas por los suyos? ¡Y sobrevivieron a la espera!

Somos la generación instantánea, como la sopa pero más sosos. Lo queremos todo al minuto: llamar y que nos respondan, enviar un mensaje y que nos lean, hacernos millonarios con el mínimo esfuerzo, conocer a alguien y que mañana sea el amor de mi vida que me llame a diario, me mande emoticonos y clame en sus redes sociales a los cuatro vientos que está loco por mis articulaciones -que lo de los huesos está muy visto y hay que ser original para que te retuiteen-.

Se nos está yendo todo de las manos. Deberíamos hacer una seria reflexión y quizá apuntarnos a alguna clase de meditación para volver a conectar con la tierra y depositar los pies donde tienen que estar.

La vida requiere calma y sosiego. Los proyectos de futuro se cocinan a fuego lento, como los buenos cocidos. El silencio es imprescindible. Todos necesitamos aislarnos, replegarnos sobre nosotros mismos y tenemos el derecho -que debemos exigir- a “desaparecer” de los radares de las ondas móviles el tiempo que creamos conveniente.

No te quiero menos por no contestarte. Te respeto y confió tanto en ti, que lo hago porque sé me comprenderás. Y si no es así algo falla en nuestra relación -filial, amorosa, de amistad…-.

Me pongo seria ruteros, muy seria. No podemos seguir así. Respetemos por favor la intimidad y el derecho al silencio de los demás.

Y mientras tanto, mi cuasi veinteañera sigue en Albania y yo, para asombro de mi madre, me siento tranquila y duermo todas las noches. Confió en el mundo. Confió en ella, y sé que no la puedo encerrar en una burbuja. Debe crecer y aprender a volar. Y yo, debo aprender a decir adiós con la mano y una sonrisa de orgullo dibujada en mis característicos labios pintados de rojo.

Como siempre, un placer hablar con vosotros. Muchas gracias por seguir al otro lado de vuestras pantallas.

Os dejo con Blondie.

 

 

Fotografía: Pixabay.com

Enlace original: http://www.lanuevarutadelempleo.com/Noticias/sin-cobertura

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