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Queridos anónimos míos que estáis al otro lado de vuestras pantallas, os aviso antes de que sigáis leyendo, para que podáis tomar la decisión de continuar o darle arriba a la derecha a la cruz y cerrar, que este es un post insulínico que pretende controlar la dosis de azúcar en sangre en estas fechas.

Sin que sirva de justificación pues tan sólo es una aclaración, os diré que todos los artículos que he leído de mis blogs amigos sobre estas fechas, me han gustado. Disfruto con el buen contenido y la diversidad de opiniones es lo más enriquecedor que puede existir en este almibarado mundo nuestro. Cada cual tiene su opinión, experiencias y vivencias y ahí radica la sal de la vida. Dulce/salado, ¡magnífica dicotomía!

No obstante, los Gremlins Navideños también queremos hacernos oír.

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Vamos por partes: ¿Me gusta la Navidad? ¡Sí! ¿Qué Navidad? La que mezcla tradición religiosa -sea la que sea, católica, protestante, ortodoxa…- con celebración familiar. La Navidad que incluso celebran los no creyentes pero se convierte en un festejo de convivencia. Sin más ambición. Seguro que más de uno ya ve por donde voy.

¿Qué es lo que no me gusta? No me gusta la mercadotecnia, el consumismo desmedido, el postureo, el esnobismo, la competición por la mesa mejor decorada, la falsedad, las mascaradas, sonreír a quien no soportas, el aumento de los precios en alimentación porque hay que comer hasta reventar, las reuniones que no te apetecen, tener que ser feliz por definición, las listas de buenos propósitos que casi nadie cumple, las tradiciones importadas, tener que regalar en Nochebuena porque todo el mundo lo hace, dejar la visa echando humo, los maratones de solidaridad y esa rancia sensación de bienestar con sonrisas taladradas y ojos inyectados en sangre del esfuerzo de aparentar.

Estos días, una de mis amigas de Facebook compartía el siguiente estado: ¡Ya ha pasado la Navidad! Ya podéis volver a ser los de siempre. ¡Más razón que una santa que diría mi madre!

Me estoy haciendo mayor, es evidente, lógico y normal y no voy a recurrir a la manida frase de cualquier tiempo pasado fue mejor. No clamaré suplicante con las manos elevadas al cielo por mi infancia, ni tan siquiera por la de mi hija. No lo voy a hacer, tranquilos. Pero os pregunto ¿en qué momento se nos fue esto de las manos? ¿Cuándo convertimos unos días de recogimiento -en el amplio sentido de la palabra, no sólo en el religioso- en un carnaval veneciano?

Sigo preguntando ¿el resto del año no hay que ser buenos, solidarios, humanos y felices? ¿No vamos a volver a comer en una temporada, somos camellos y almacenamos durante meses los gambones a precio de oro, la merluza que del pincho no tiene ni el piercing, el cordero, el lechón, los cinco kilos de turrón, cuatro de mazapanes y tonelada y media de embutidos? ¿Por qué hay que regalar en Papá Noel -a saber quién es este abuelo- si la tradición española es de los Reyes Magos? ¿Por qué hay que comprarle al niño el juguete más grande y a precio abusivo? ¿Te va a querer más? ¿Va a ser más feliz? ¿Qué lección de vida está aprendiendo? ¿Qué pasa si el año que viene no puedes cumplir?

Sigo, que he comido después de medianoche y me he transformado.

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Y esa manía ahora de no traumatizar a los pequeños y que tarden lo máximo posible en descubrir la verdad. ¿Qué verdad? Que los Reyes no existen Susana. ¿Quién lo dijo? ¿Cómo que no existen? Yo tengo una hija de veinte años y hace unos días he recibido un “wasap” que comienza diciendo: Querida Reina Maga… ¡O sea sí existen! ¿No será que hemos perdido la capacidad de alimentar la ilusión? Lo importante no es si existen sus majestades o no. Lo importante no es la cantidad de regalos. Lo importante es el cariño y la ilusión.

Bufff encima me acabo de caer en un caldero de agua…

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Por esta regla de tres, y siguiendo con el razonamiento de algunas personas -sé que no todos están abducidos por el Corte Chino- entonces todo aquel que no tenga recursos económicos no disfruta la Navidad o incluso tal vez ni tenga derecho a ella. ¿Es eso? ¡Falso!

La ilusión no se compra. La alegría no se vende. La solidaridad no se regala.

¿Se consigue alguna bula papal siendo tan maravillosos en estas fiestas? A partir del siete de enero ¿tenemos carta blanca para ser unos patanes? Y lo de los buenos propósitos, ¿cómo funciona? Tú te comes la última uva -y ojo no me confundan ustedes los cuartos con las campanadas que la liamos- ¿y qué pasa, ya dejas de fumar, te lanzas al diccionario de inglés o haces pesas con la copa?

A ver querubines míos ¿no sería mejor bajar de revoluciones? Los objetivos que sean diarios, las recapitulaciones vitales un par de veces al año como mínimo.

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Imagen Facebook Librepensamientos

 

A tu hijo regálale tiempo y no me refiero a un Rolex. A tu mujer, novia, amigovia, novio, amigovio, amante, dale el presente de la atención, de estar y ser. A tus padres, una visita de vez en cuando o una llamada de teléfono, un día de repente se van sin avisar y quizá no vuelvas a tener la oportunidad.

 

Sé solidario todo el año. Ayuda a tu vecina, -esto va por mi vecino del quinto que nos ve a mi hija y a mi reventando subir cargadas de bolsas los cuatro pisos sin ascensor y ni se inmuta-. Saluda, da las gracias. Felicita. Reconoce el trabajo ajeno. Celebra los méritos de tus amigos. No envidies a nadie. Respeta el espacio de los demás. No saques conclusiones.

Ya me noto mejor, creo que me van pasando los efectos.

Sí, me gusta la Navidad. Unos años más que otros también es verdad. Pero quizá debamos retornar a esos tiempos en los que lo verdaderamente importante no era la impostura, sino la compostura.

Que sea un poco Gremlin, que me guste poner voz a otras versiones de la historia -o sea llevar la contraria para qué engañarnos- no es óbice para que de todo corazón os desee lo mejor para estos nuevos 365 días que tenemos delante para llenar de experiencias. Unas buenas otras no tanto e incluso algunas malas, pero necesarias.

Salud, amor y el dinero imprescindible para vivir.

Gracias por estar ahí, sin vosotros yo no podría existir  ❤

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