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Escuché una voz de hombre que susurraba mi nombre, o al menos eso creí porque estaba sola en casa.

Siempre me ha costado abandonar los brazos de Morfeo, así que antes de conseguir abrir los ojos el resto de mis sentidos analizaron la situación. Desde el lateral derecho me llegaba el suave rumor de las olas, el Cantábrico dormía plácidamente y una ligera brisa de verano batía mis pestañas como diciéndoles -¡venga perezosas, despertad! Me quedé unos segundos disfrutando de la sonoridad del silencio y dejando que el aire siguiera jugando como un niño pequeño que trata de despertar a su madre.

De repente recordé la voz, me resultaba familiar pero en ese momento de tránsito entre el mundo onírico y el despertar era incapaz de ubicarla, o tal vez pensaba que mi oído me estaba engañando.

Cuando por fin mi cerebro fue capaz de dar órdenes a todos los músculos, me levanté muy despacio. La ventana estaba abierta, cuando el tiempo lo permite me gusta dormirme viendo el mar, me relaja. Las finas cortinas blancas bailaban al son de invisibles notas musicales y al fondo, elevada y regia, la luna llena sobre la inmensidad del agua.

Descalza, me acerqué al balcón y salí a la pequeña terraza que discurría por parte de la fachada trasera de la casa. Al final lo había conseguido, mi sueño se había hecho realidad y vivía al borde del mar. La vida había sido interesante, jamás me aburrí, tampoco tuve otra opción. O tal vez sí.

Supe salir de todos las zanjas que fueron apareciendo a lo largo de mi existencia, siempre con el apoyo incondicional de mi faro en las noches más oscuras, mi niña, mis adorados ojos verdes, mi hija. Ella tampoco lo hizo nada mal, demostró lo que se es capaz de conseguir con determinación y ahora, convertida en toda una investigadora, trabaja en Bruselas y recorre medio mundo dando conferencias sobre la necesidad de la Educación Social además de colaborar activamente en la ayuda a los colectivos más desfavorecidos, sobre todo en lo concerniente a temas de desigualdad.

La casa la habíamos comprado entre las dos, como un sello de esa unión tan especial que siempre existió entre nosotras, algo que iba mucho más allá de la relación entre una madre y su hija, que sencillamente se cimentaba sobre el mayor de los amores, el respeto mutuo, la comprensión ante nuestras diferencias y una gran admiración de la una hacia la otra. Era nuestro refugio en el cual yo ejercía de guardiana y al que ella regresaba cada vez que necesita aislarse del mundo.

Salí de mis recuerdos cuando volví a escuchar mi nombre y ahora sí que estaba segura de quien era el dueño de esa voz. Como si un hilo invisible tirase de mi cabeza, la levanté hacia el cielo y el mundo de repente dejo de girar. La luna había cambiado de color, aunque brillaba aún más. Era incapaz de moverme, estaba hipnotizada ante ese tono gris que tanto me recordaba la dulce mirada de alguien. Incluso juraría que me estaba sonriendo. Pude escuchar como al fondo de mi pequeño jardín comenzaban a cantar varios pájaros, pero era imposible, aún la noche lo cubría todo. También me llegó el aroma de un cigarro recién encendido. Las lágrimas comenzaron a recorrer mis mejillas.

-Susana, baja.

No estaba loca, lo había escuchado con toda claridad pero no podía moverme ni quitar mi mirada de esa esfera gris que con tanto cariño me observaba. La brisa se tornó un poco más fuerte, aunque no tenía frío, y un rayo de luz cayó desde el cielo hasta posarse sobre mi mesa de trabajo, justo en el trozo de jardín que quedaba bajo el balcón. Me asomé y le vi. Estaba sentado fumando con parsimonia y escribiendo algo en el borrador de mi último libro, que había dejado olvidado al irme a dormir.

Se volvió y sonriendo me dijo -Te quiero. A continuación, sin dejar de sonreír se fundió con el haz de luz que estalló en miles de estrellas que se elevaron, retornando a lo que ahora era su hogar.

Por fin mi cuerpo volvió a obedecer, bajé corriendo. El césped acariciaba la planta de mis pies, como intentando sosegar mi acelerado pulso y cuando miré el borrador allí estaba, su letra, fina y levemente inclinada. Aún anegada en lágrimas y con la visión borrosa puede leer “Siempre he creído en ti”.

Con la hoja sobre mi pecho regresé a mi habitación y me volví a dormir llorando de emoción. Justo antes de caer vencida por el sueño recuerdo que le dije a la luna -yo también te quiero papá. Ella me guiñó un hermoso ojo gris.

Anoche tuve un sueño.

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