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Hay una serie de televisión que me tiene loca y no es solo porque al protagonista me lo haya pedido para Reyes -lamentablemente sus Majestades los Majos estaban apagados o fuera de cobertura-, sino porque me parece original, me hace reír, posee tintes fantásticos, resuelven crímenes, me relajo y me olvido de las piedrecitas del camino.

Lucifer, es la historia del hijo caído de Dios que se muda a vivir a los Ángeles y termina de asesor civil de la policía. Acude a terapia para superar los graves problemas de relación que tiene con papá -Dios- y con mamá -La Diosa de la Creación- a la que papi desterró al infierno -lo que terrenalmente es un “sencillo” divorcio-. También tiene problemas de celos con su hermano que decide mudarse con él, a territorios menos celestiales.

Pues bien, resulta que Luci, como lo llama su hermano Amenadiel -también conocido como Gabriel el ángel mensajero- tiene algún que otro poder, para algo es el Señor del Inframundo, como mirar a los ojos de una persona y que confiese sus más oscuros secretos con tan solo preguntarle: ¿Cuál es tu mayor deseo?

¡Gran pregunta!

Pero, ¿qué es un deseo? Según la RAE en una de sus acepciones, se trata de un “movimiento afectivo hacia algo que se apetece. O sea aquello que se quiere conseguir.

Todos tenemos deseos, sueños por realizar. Ellos se convierten en ocasiones en la gasolina que nos mueve cuando las fuerzas nos fallan. Son esa isla de paz en medio de nuestras tormentas de vida. Ahora bien, debemos tener cuidado y que no se conviertan en la peor de nuestras pesadillas.

No sé si propiciado por la grave crisis en la que vivimos inmersos desde hace casi una década, la sociedad se está convirtiendo en una nebulosa en la que vivimos anestesiados. Cada vez se impone más la idea del “felicismo” a toda costa. No os cuento nada nuevo, los que lleváis tiempo leyéndome sabéis que soy la coach anticoach. No porque reniegue de lo que considero una gran herramienta en mi vida, sino de la peligrosa utilización que se hace de ella.

Ser felices por mucho que le pese a ciertas personas es una decisión, no una obligación. Y no hay otra, yo decido si quiero ser feliz -que por cierto sí es mi elección- o prefiero no serlo. Mi vida, mis decisiones.

Si decido ser feliz y luchar por mis sueños no debo olvidar algo fundamental y es que estos se logran con los pies bien anclados en el suelo. Os pongo un ejemplo propio. Hace unas semanas el SEPE me citó para asistir a un programa de orientación laboral. De lo que se trata es de conocer mejor tu perfil profesional y tus capacidades en la búsqueda de empleo. La primera y lógica pregunta que me hizo el técnico fue ¿de qué quieres trabajar? Mi respuesta -lo sé, toco las narices hasta al SEPE-: ¿en que me gustaría trabajar o en qué debo trabajar?

No es lo mismo sueño que realidad. Porque no es lo mismo deseo que necesidad.

¿Quiere decir esto que debes renunciar a tus deseos? ¡NO!, lo que debes hacer es luchar siempre por conseguir lo que anhelas, pero teniendo muy claro cuales son tus necesidades básicas y que debes tenerlas cubiertas. Sería muy bonito haber contestado ¡quiero trabajar de redactora de contenidos!, pero los verbos, comer, pagar y vivir sugieren otra contestación.

No convierto mi sueño en mi pesadilla -que sería lo que sucedería si no encuentro trabajo- sino que mi acción para conseguirlo se desarrolla paralela a mi necesidad. Busco trabajo de aquello en lo que tengo larga experiencia, se me da bien y hay oferta. A la par, escribo en mi blog y colaboro con La Nueva Ruta del Empleo. Creo, desarrollo y potencio mi marca para alcanzar mi sueño, mi deseo, mi proyecto.

No confundamos deseo y necesidad.

No olvidemos nuestros sueños y luchemos para hacerlos realidad, pero por favor con cordura, midiendo las acciones y sus consecuencias.

Como decía el gran Aberasturi, ¡sean ustedes moderadamente felices!

Un martes más gracias por estar ahí. Yo, sin vosotros, ¡no podría existir!  ❤

P.D.: Aprovecho mi post para desearle a mi hermana Maite, también conocida como “Tijeras Lokas” un feliz cumpleaños y recordarle que la quiero mucho. ¡No lo olvides Reina Mora! 🙂

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