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El aire juega con su pelo.

Plié, demi-plié y relevé susurra Eolo desde su trono, y como los bailarines de un coordinado ballet, los mechones sueltos se mecen al son de las corcheas, fusas y semifusas que suben por el acantilado con el batir de las olas.

La mirada más allá de la línea del horizonte. Temerosa, ansiosa y a la vez esperanzada.

A su alrededor, a cámara rápida, las estaciones se van sucediendo una tras otra. La noche y el día. Los meses. Los años. Pero ella permanece imperturbable. Tan sólo la delatan el sencillo vestido de gasa que lucha cada verano contra la brisa juguetona o el grueso abrigo tan gastado y raído como el dolor de la espera.

Cuentan que sus ojos han visto nacer varias generaciones que se pierden a diario más allá de la línea azul. Que sus oídos distinguen cada una de las sirenas del puerto. Que sus manos han tejido redes más largas que el tapiz de Penélope. Dos mujeres con un mismo destino: esperar.

Cada atardecer, sube la escarpada pendiente y otea las olas en busca de una señal. Agudiza el oído y ordena silencio a las gaviotas. Estas, en señal de respeto baten sus alas hacia el lugar donde no alcanzan a llegar sus profundos ojos, en busca de noticias.

Su historia es tan solo una más entre la de tantas mujeres esculpidas en el sufrimiento y el amor. Herederas de un destino no buscado pero jamás evitado. Niñas y mujeres del mar. Hijas, hermanas, esposas y madres de sal y espuma.

En cada acantilado hay una figura que le suplica a la inmensidad del mar: devuélvemelo.

El ciclo se repite. Al amanecer millones de pescadores en el mundo se lanzan al mar. Millones de barcos de todos los tamaños y nacionalidades surcan las aguas en busca de los mejores bancos, de las capturas de más calidad.

Al caer el sol, uno tras otro vuelven al hogar donde una mujer les sirve de guía.

Va pasando la vida y la erosión hace mella en la superficie rocosa. Aparecen nuevas marcas sobre su piel. Su pelo se vuelve gris, los ojos se nublan, la espalda se encorva.

Llega un día en el que otra mujer la sustituye en el mirador. Y mientras las estaciones sin pausa se van sucediendo, el mar juega con los hombres de salitre a su antojo.

En ocasiones, las sirenas se celan de esos ojos que todo lo observan y se lleva a sus seres queridos. Los encandilan con sus cánticos y se pierden entre los aparejos.

Mirada al frente, el pelo revuelto, las manos aferradas a su propio cuerpo. Así, con la porte erguida y digna de quien sabe lo que es el orgullo poco a poco se fue petrificando.

Nunca dejará su atalaya y los barcos harán sonar su sirena cada vez que se aproximen a puerto en señal de agradecimiento.

Ella, la mujer del acantilado. La que espera.

 

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