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13 Reasons Why es la historia de Hannah Baker una adolescente que se suicida y deja varias cintas grabadas en las que explica los trece motivos que la llevaron a tan fatal desenlace.

Conocí la existencia de esta serie por mi hija, gran aficionada a la cultura seriéfila. He de añadir que conocedora de lo que supone tener una madre PAS y con propensión a analizar, procesar y darle mil vueltas a toda la información que mi cabeza recibe, me recomendó no verla pues me iba a resultar incómoda y al final me sentiría mal. 

Por supuesto, los hijos no hacen caso a sus padres y las madres tampoco hacemos caso de los hijas y después de varios meses decidiendo si verla o no, lo hice.

Tenía razón, me impactó hasta lo más hondo de mi ser.

No voy a comentar nada que destroce la trama y os recomiendo no leer ningún artículo al respecto pues ya estaréis alerta y no será lo mismo. Los primeros capítulos me sentí de mal humor, a medida que la trama se iba enredando o más bien desentrañando el malestar hizo su presencia; para finalizar con tales nauseas que me llevaron a hacer aquello que mi hija tenía miedo que ocurriera: sentir un terror absoluto como madre.

A continuación sucedió lo que mi unigénita sabía que iba a ocurrir, mi cabeza dando vueltas a todos y cada uno de los capítulos hasta llegar al motivo del artículo de hoy, en el que repito que no desvelaré nada puesto que de lo que voy a hablar se puede inferir del título y la sinopsis de la serie.

¿Somos conscientes de lo que nuestros actos pueden provocar?

Esta es la pregunta que me reconcome. Los actos dañan, pero las palabras también pueden ser puñales por mucho que se diga que las lleva el viento.

Cuando mi hija era pequeña inventé un paraguas mágico para ella, cuando alguien le dijese algo que no le gustara sólo tenía que abrirlo y dejar que las palabras resbalasen por él hasta caer al suelo, luego con la ayuda de la aspiradora -también mágica- las recogería y no le podrían hacer daño. Me miró con sus inmensos ojos verdes y con esa lógica aplastante de la que aún sigue haciendo gala de adulta -gracias al cielo- me dijo señalando un oído: ya mami pero es que me entran por aquí y no me salen por aquí -señalando el otro- sino que se quedan aquí -poniendo un dedo largo y fino sobre su cabeza-.

No me quedó otra que admitir que era cierto, las palabras no se pueden olvidar una vez las han lanzado como dardos envenenados. Sé que estaréis pensando que tenemos la capacidad de decidir como nos aceptan las cosas pero ¿Y si por algún motivo carecemos de ella? Pensemos en un niño, o en una etapa tan complicada del proceso de maduración como es la adolescencia.

Además no tenemos derecho a exculparnos esgrimiendo este argumento, ya demasiado sobado, al que yo también he recurrido en más de una ocasión.

Por supuesto el caso que nos cuenta esta serie es extremo, pero no he podido dejar de preguntarme: ¿cuántas veces en la vida habré hecho daño con mis palabras?

Y esta cuestión me llevó a otro razonamiento, si molestamos a través del verbo sin ninguna intención, ¿quién es el culpable, aquel que habla sin actitud ofensiva en su boca o quien escucha y por el motivo que sea, interpreta el mensaje de tal modo que le resulta hiriente?

Complicado ¿verdad?

Hay otra frase muy manida por las redes que dice: soy responsable de lo que digo no de lo que tú interpretas.

¿Tiene razón o también es auto exculpatoria? Supongo que un poco de todo y dependiendo de lo dicho.

Ya sabemos que en toda comunicación hay varios elementos: emisor, receptor, mensaje, código, canal y contexto. Si uno de ellos falla, el mensaje se distorsiona. Aquí radica por ejemplo el hecho de que considere el WhatsApp un invento del demonio, ya que al faltar el gesto de la cara y el tono de la voz, se producen innumerables malos entendidos.

Todas estas preguntas, respuestas y razonamientos fueron pasando tras ver “Por trece motivos”. Y sigo sin encontrar sosiego pues las noticias, las redes sociales y el día a día me demuestran que últimamente mis amadas palabras no se tejen con cariño y ternura para formar frases y dar forma a historias cotidianas sino que se escupen emponzoñadas no sé bien porqué motivo o razón.

La historia de Hannah Baker es la de la maldad humana. La de aquellos que disfrutan infligiendo dolor. La de quienes tejen una telaraña cada vez mayor para protegerse sin importar a quien devore la reina del tapiz.

Es la historia de una sociedad avestruz, que esconde la cabeza para no ver, creyendo así que también ella se oculta a la vista.

Hannah Baker, es la personalización de todo lo que eludimos porque nos resulta incómodo. De profesionales que no están capacitados. De padres ausentes. De amistades impostoras.

Sí hija me ha resultado dura tenías razón, pero necesaria. No se puede escoger que ver, hacer o decisión tomar tan sólo porque nos vaya a resultar duro. Precisamente por eso estamos obligados a afrontarlo. Para conseguir entre todos, cambiar aquello que contamina el concepto de sociedad civilizada y que de verdad lo seamos.

Sólo me resta recomendaros, si no lo habéis hecho, conocer esta historia y recapacitar sobre ella. Quizá no os impacte tanto como a mí, o sí. Es de esas series que sería obligatorio ver.

Por cierto, antes del inicio de varios capítulos, sobre todo los finales se avisa de la dureza de las imágenes.

Si después queréis compartir conmigo y con todos nosotros vuestra lectura estaré encantada de que podamos abrir entre todos un debate constructivo, sobre todo para poder ayudar a nuestros hijos.

Gracias por estar ahí al otro lado. Yo, sin vosotros no podría existir ❤

Imagen de Pixabay.com

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